viernes, 26 de febrero de 2010

Luciérnagas



Cuenta la leyenda que una vez una serpiente empezó a perseguir a una luciérnaga. Huyó un día y ella la seguía, dos días y la seguía... Al tercer día, ya sin fuerzas, la luciérnaga paró y dijo a la serpiente:

¿Puedo hacerte tres preguntas?

No acostumbro a dar este precedente a nadie, pero como te voy a devorar, puedes preguntar – contestó la serpiente–.

- ¿Pertenezco a tu cadena alimenticia?, preguntó la luciérnaga
- No. Contestó la serpiente.
- ¿Te hice algún mal ?, dijo la luciérnaga
- No, volvió a responder la serpiente.
- Entonces, ¿por que quieres acabar conmigo?
- ¡¡¡PORQUE NO SOPORTO VERTE BRILLAR...!!!

MORALEJA ... "Solo se tiran piedras al árbol que da fruto"

En este mundo de prosa, farándula y poesía, yo quiero encontrar la boca que rime con esta mía.

Un regalito para pasar la semana...

jueves, 25 de febrero de 2010

Uno vuelve siempre a donde amó la vida



Esta mañana me he levantado turbada por la distancia física que me separa de la persona que más quiero en el mundo, aunque acabo de hablar con ella, y decidí ponerme a recoger correos para que esa ansiedad no se apoderara de mí. Navegando di con el blog de mi amigo Jesús y encontré esta canción que ahora os dejo aquí de Mercedes Sosa, y fue como un preludio de las ansias que llevo dentro. Recordé viejos amores y grandes amigos que quedaron en el camino y con ellos, las pequeñas cosas que fueron grandes porque fueron compartidas y la nostalgia se apoderó de mí en un instante. Uno vuelve siempre a los mismos sitios donde amó la vida y entonces comprendes como están de ausentes las cosas queridas. Es cierto.

Es curioso comprobar cómo la vida nos va guiando, sin apenas darnos cuenta, hacia otros lugares, otras personas, otras cosas; y las vivimos de nuevo, las gozamos y tratamos de enriquecernos con ellas, dejando atrás todo lo vivido, sin apenas darnos cuenta, sin cuestionarnos si es eso lo que realmente queremos, sin pensar que el amor es simple y a las cosas simples las devora el tiempo y todo queda como si nunca hubiera sucedido. Seguimos nuestra senda, nuestro día a día, nuestra rutina tratando de apartar el pasado y de encontrar en camino a la felicidad sin reparar en que, como decía Paco, tal vez no hagamos otra cosa que arañar la vida para no darnos cuenta de lo que estamos viviendo. Un día, de repente, algo nos vuelve a conectar con aquellos que dejamos lejos y como una nube ingrávida, cargada de lluvia, nos los trae a la memoria tal vez para recordarnos que no estuvimos solos, que hubo gente a la que importábamos y mucho, y nos vuelven a la mente sus caras, sus aromas, sus voces -unas caras, unos aromas y una voces que fueron únicas-, y vuelves a sentir las ilusiones de aquel tiempo y revives sus momentos felices, porque lo feliz nunca se olvida, y el alma se te achica al comprobar que ya no están a tu lado.

Esas gentes que aterrizaron en nuestras vidas cargadas de "pequeñas cosas", que nos hicieron sentir plenos, únicos en el barullo de este universo que nos tocó vivir y que acabaron siendo el pilar que nos sustentaba, ya no están, se fueron o los echamos como un niño pequeño que da patadas a su carrocho sin comprender que es él precisamente el que le hace reir todos lo días. Uno se despide insensiblemente de pequeñas cosas que fueron la razón de tu vida. Pasa el tiempo y de nuevo una sonrisa, una frase escuchada en tiempo y forma, un día luminoso, el aroma a azahar, una canción, una mirada lejana, la estela de aquel perfume que tan bien lucía en su piel... los acercan a tu mente y trato de atarlos para que no se me vuelvan a escapar, sin darme cuenta que jamás una mano pudo mantener el agua de un río, o tal vez del mar, por muy cerrada que la tengas. Se han ido para siempre.



Por un instante siento el vacío de su ausencia y esas cosas simples quedan doliendo en el corazón.

Me detengo y pienso cómo pudieron quedar atrás las alegrías y esperanzas, los alborotos y los llantos, tantos gozos y tantas sombras... sin que ninguno hiciéramos nada por remediarlo; me pregunto dónde guardo ahora mis recuerdos; cómo he podido vivir estos años sin contacto con aquel presente; dónde se alberga mi unión con ellos, dónde la quimera de volverlos a ver, y no encuentro la respuesta. Efectivamente, nuestro presente es el resultado de nuestro pasado, y resuelvo que quiero conservarlo -bajo llave para que nadie pueda acceder y dejarme sin él, sin sus recuerdos-, porque no quiero que mis pequeñas cosas las devore el tiempo.

Que tengáis un buen día.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Amores resistentes a los daños

Hay amores, como dice Shakira, que se vuelven resistentes a los daños, sin embargo, esos amores es mejor dejarlos lejos. Esos amores a los que hay que esperar eternamente a que pase una estación tras otra para verlos reverdecer, no sirven. Y apunto que no, precisamente porque no siempre llega esa primavera esperada y uno se queda yermo e inerte sintiendo el frío de un hogar lleno de invierno sin esperanza.




Esos amores y su irremediable recuerdo son los que quedan dentro y nos van haciendo viejos porque la ilusión se va con ellos.



Yo quiero estar lejos cuando llegue la primavera en que esos amores vuelvan porque no quiero gastar el ápice de ilusión que me quede.

Yo quiero un amor que me haga querer volver a los 17, no quiero sorpresas, quiero una rutina llena de vida; quiero amanecer cada día en los brazos que comparten mis días y sentir en mi boca un insulso "buenos días, cariño"; quiero estar en el trabajo y recibir una estúpida llamada que interrumpa mi día y que me diga "te echo de menos" o "cómo va tu mañana hoy"; quiero salir del trabajo y comer juntos mientras hablamos del increíble "sexo de los ángeles" o de lo bueno que estaba el bollito de pan del desayuno ese día; quiero que me hable empalagoso deseándome con la mirada. Quiero escribir uno de mis libros mientras la tarde cae en sus páginas y que nadie me interrumpa para decirme que el vecino está haciendo ruído.

Quiero oír un nocturno de Chopin sintiendo desde lejos cómo goza con las cosas que le gustan, y quiero vivir un Requien de Fauré o un Moon Light de Beethoven cuando me acaricia. Y quiero que se vaya lejos para echarlo de menos y quiero tenerlo cerca para oler su aroma cuando salga de la ducha y abrazarlo mojado y desnudo impregnada de mi rutina.

No quiero amores alborotados que te elevan al cielo sin saber dónde está el cielo y no quiero amores de "lo que pudo ser y no fue", quiero realidades de lo que es y lo quiero cada día, cada segundo de cada noche, hasta que me quede dormida en el abrazo de su rutina.

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