lunes, 3 de agosto de 2015

Lola

Desperté como cualquier otro día, con mi pene erecto, pero sin necesidad de sexo. Mi cuerpo dormitaba entumecido envuelto en la soledad de unas sábanas revueltas sin esmero.





Nada era distinto en el amanecer de aquel invierno inhóspito.  El vaho cubría los cristales y enturbiaba, muy a mi pesar, la belleza de aquel jardín vecino.

Como cada día, hube de alentarme durante largos minutos para abandonar mi acogedor refugio. Cubrí la espalda con la misma manta que acompañaba mi regazo y mis sueños desde hacía largos años para no pasar frío, con el fin de recoger el periódico local que me esperaba puntual y madrugador en la puerta de casa. Al incorporarme, sentí un vahído que hizo retrasar mi intento. Sentado en el borde de la cama reposé mi cabeza en las rodillas y la cubrí con mis manos, aún vacías, en mi melena alborotada. Era en momentos como éste cuando más pesaba la ausencia de Lola.

Pasado un buen rato, recobré el equilibrio perdido, pero pensé que era mejor idea la de hacer esperar a la gaceta y enfilar hacia la cocina para tomar algo que me hiciera recuperar la verticalidad que tanto me caracterizaba. Encendí la hornilla, puse la cafetera al fuego y me dispuse, por fin, a recoger el periódico. De regreso, rescaté del fuego aquel aroma y comenzó mi ritual solitario de cada mañana. Tomé una bandeja, solo una; sobre ella, una taza regalo de Lola,  con una frase impresa que la limpieza y el tiempo había desdibujado, pero que era mi único lazo real y matutino con Lola: ¡Despierta dormilón, que te espera mi sabor!

La misma mesa, la misma casa, la misma soledad eterna con la que convivía desde hacía demasiados años, me acompañaba. Recordé que alguien dijo: “Al viajar y al enamorarse, el mundo vuelve a nacer” y supe que había llegado el momento de plantearme un buen viaje. Tal vez el destino me brindara una nueva compañera en quien confiar, a quien amar y, sobre todo, alguien que pudiera arrancar de mi pecho y de mi pensamiento a Lola. Es curioso comprobar que, si difícil es olvidar a un amor, más tremendamente difícil es dejar atrás los recuerdos que te unen a ella.

Me senté pausado para no derramar el contenido de la bandeja, con el diario bajo el brazo y, café en mano, esperando encontrar alguna oferta para viajar a algún país lejano donde cumplir mi ensueño, comencé a leer los titulares del día.

El calorcillo del café en mis labios me hizo recordar aquel calor inigualable de los labios de Lola cuando la amaba y me estremecí inusitadamente y sin querer recordarla.

¡Los mismos perros con distinto collar! me dije, y seguí leyendo. De súbito, una noticia captó mi atención y di un respingo en mi asiento con el que manché toda la alfombra:Detenido el “maestro pitillo”. El presunto pederasta, MGH, fue detenido durante la tarde de ayer en el instituto PH, entre las miradas aterradas de padres y alumnos,  mientras daba clases de ética,.

¡Cabrón de mierda! Si soy yo el padre de alguno de ellos, te corto la polla y cacho a cacho te la meto por el culo, ¡desgraciao!.

En la foto aparecía el hijo de la gran puta de pie, esposado, entre dos policías que le escoltaban para que la muchedumbre exaltada no lo apaleara. Sus ojos ausentes dejaban traslucir el miedo a ser agredido, pero no el terror de lo protagonizado con esos pobres inocentes.

“… La defensa apelará a su inocencia con el alegato de trastornos mentales…”, seguía relatando el periódicoÉsto lo han hecho los perros de las otras páginas. ¡Esto!. Nuestras calles llenas de locos sin que nadie sepa dónde meterlos y nuestros hijos convirtiéndose en carnaza fresca para tanta hiena suelta ¿Para qué sirven los manicomios… o los hospitales psiquiátricos… o como se les llame ahora? ¡Es preciso, por su bien y por el de todos, que estén alejados mientras no estén en sus cabales, coño! ¿Qué culpa tenían esos pobres niños? Puta sociedad podrida. ¡Maldita seas!.

Continué observando centímetro a centímetro aquella foto como si en ello me fuera la vida, como si de mi minuciosa observación dependiera la venganza de aquellos padres, de los pobres chiquillos. Detrás de él había una mujer morena, apenas perceptible. Debe  ser su esposa, pensé, pero aquel rostro me era demasiado conocido. Me levanté de un salto en busca de mis gafas, me las puse y retorné al rostro de la chica. Al verla nítida me quedé paralizado… ¡No puede ser!.

Contemplando detenidamente la fotografía, de repente todo el argumento y la desgracia que en ella se relataban, perdieron importancia y llegaron a mí todos los recuerdos con Lola. Sí, era ella. No cabía duda alguna. Seguía hermosa, muy hermosa…  un nudo en la garganta me asfixiaba al ver su rostro y vino a mí, de súbito, el dolor de sus besos.

No sabía nada de ella desde que decidí trasladarme a mi encierro para olvidarla, escribí hasta dolerme los ojos por sanar absurdamente mi corazón. Todo fue en vano, los peores momentos de mi vida llegaron con su ausencia, pero tenía que seguir viviendo.

Recordé que fuimos felices durante mucho tiempo, y vino a mí el rumor de su risa, el aroma de su piel al hacer el amor, la tersura de sus pechos y …  ¡cuánto me gustas amor!

Pero el viento sopló en mi contra. Ella quedó embarazada a mitad de carrera, yo estaba dichoso de sentir mi futura paternidad y hacía planes en silencio porque ella insistía en no querer tenerlo...  “Tendré que pedirte dinero hasta para comprar el pan, vendrás a casa tarde oliendo a otra mujer porque yo estaré estropeada de tanto fregar, cansada, aburrida, dejada, sin ganas de hacer el amor, porque el amor se habrá ido, y cuando crezcan nuestros hijos, tendré que cantar para saber que no soy muda porque todos os habréis ido,  y me volveré loca de no tenerte”, decía. Yo callaba su boca con mis besos y la acariciaba diciéndole que eso no sería posible porque yo la amaba y el futuro era nuestro. Nunca deseé algo con tanta fuerza como el vivir y morir junto a ella, pero no me creyó.

Insistía en que debía acabar Derecho para ser una buena abogada, para salvar a toda esa gente inocente de tanta maldad desperdigada. Tenía sueños. Sueños. Sueños que rompieron mis ilusiones... y acabó abortando a mi pequeño.

No se lo perdoné nunca, pero seguí amándola día tras día, primero a su lado y más tarde sin ella. Su amor era mi vida y siempre tuve miedo a la muerte. Los hombres somos pequeños cobardes en brazos de un gran amor.

Y ahora estaba quieta frente a mí, en un papel de imprenta… “la abogada del violador, Dolores Martínez Jiménez, presentará un recurso del alzada al Tribunal Supremo pidiendo el indulto de su defendido”.

En estado de shock pasé largas horas con una sola frase machacando mi mente:
¡En qué te has convertido Lola! ¡En qué te has convertido!

Al amanecer siguiente no hubo periódico en la puerta ni miradas al jardín vecino, sólo cortinas que escondían mis manos abrazadas a un café caliente y el esbozo de unos ojos perdidos en el horizonte.

Donde no hay vida, no hay esperanza; donde no hay esperanza, no debe haber vida, porque la vida no es más que una eterna esperanza en medio del desamor y el olvido.

Ya nada importaba.
La nieve caía…
y el viento enterró mi sombra.


© Eva Velázquez Valverde, 2015
    Del libro de relatos Tejidos de Seda
    (Publicado en marzo 2015)

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