martes, 28 de diciembre de 2010

Protocolo de la entrega de llaves del Reino de Granada, marcado por Aixa

Aunque se la critique por su famosa frase, Aixa siempre estaba pendiente de Boabdil, además fue ella la que consiguió que su hijo Boabdil fuera respetado e incluso ya vencido, saliera por la puerta grande, obligando al Rey Católico a pasar por el aro de lo que ella había previsto, con la amenaza de no rendirse si no se cumplían sus órdenes.

La figura de Boabdil:

Abu 'Abd Allāh fue el último rey de Granada con el nombre de Muhammad XII, llamado por los cristianos Boabdil (Granada, 1452 - Fez, 1528), perteneciente a la dinastía nasrí o nazarí. Quitó el trono a su padre, Muley Hacén y durante un tiempo estuvo en disputa por éste tanto con él, como con su tío, el Zagal. Abu 'Abd Allāh, en el habla granadina, debía pronunciarse como Bu Abdal-lah o Bu Abdil-lah, y de ahí el nombre castellano Boabdil, a quien se añadió el epíteto de "el Chico", que equivale al latino junior, para distinguirlo de su tío Abu 'Abd Allāh "el Viejo" o senior.

Nacido en la Alhambra, hijo de Muley Hacén y la sultana Aixa, se sublevó en Guadix contra su padre en 1482 y accedió al trono gracias al apoyo de los Abencerrajes y de su propia madre. Combatió a su padre y su tío, quienes también se consideraban legítimos reyes de Granada, durante una guerra civil en la que fue apresado por los Reyes Católicos. Su liberación implicó dar a Castilla la parte del reino que gobernaba el Zagal, lo que favoreció la penetración cristiana y la finalización de la guerra el 2 de enero de 1492 con la toma de Granada por los Reyes Católicos. Boabdil se aseguró la colaboración de las tropas castellanas en su exilio a Fez en 1493 ante la posibilidad de una rebelión del bando opuesto.

Según una extendida leyenda española cuya veracidad no está casi nunca atestiguada por ninguna documentación, al salir de Granada camino de su exilio en las Alpujarras, cuando coronaba una colina, volvió la cabeza para ver su ciudad por última vez y lloró, escuchando de su madre la sultana Aixa "no llores como mujer lo que no supiste defender como hombre". Debido a esto esa colina recibe el nombre del Suspiro del moro.

En su exilio alpujarreño, se instaló en la población almeriense de Laujar de Andarax siendo esta su última residencia en la península ibérica antes de partir definitivamente a África.



Conozcamos un poco más a Aixa
Aixa (o Fátima, según algunos autores) Bint Muhammad Aben al-Ahmar, apodada «la Horra» («la Honesta»), madre del último rey de Granada, es sin duda, una de las personalidades femeninas más célebres de la historia de Al-Andalus, a pesar de los pocos documentos que tenemos sobre su vida e incluso de la polémica surgida en torno a su nombre verdadero.

Al parecer, Aixa era hija del rey de Granada Muhammad X el Cojo, aunque según algunos autores lo era de Muhammed VIII el Zurdo. En todo caso, procedía de la familia real de Granada y debía de gozar de considerable patrimonio y prestigio por sí misma, que explicarían su notable influencia pública posterior. Según un documento aportado por Luis Seco de Lucena, recibió de su hermana Umm al-Fath la alquería de Sujayra (hoy Zujaira), que vendería el 3 de octubre de 1492 al caballero cristiano D. Luis de Valdivia por el precio de dos mil quinientos reales de plata, alquería que pasaría luego a ser propiedad de los Reyes Católicos. En la misma ciudad de Granada, poseía el palacio de Dar al-Horra y, en las afueras, Alcázar Genil, lugares donde pasaba sus períodos de recreo.

Aixa fue durante unos veinte años la sultana consorte del rey Abu l-Hasan Alí, conocido como Muley Hacem en las crónicas cristianas, con el que tuvo dos hijos varones, Abu Abd Allah Muhammad (conocido en las fuentes castellanas como Boabdil) y Abu-l-Hayyay Yusuf, y una hija llamada Aixa. Pero el sultán se enamoró de una esclava cristiana llamada Isabel de Solis, que tomó el nombre de Soraya al convertirse al Islam, y con la que tendría dos hijos varones, hasta tal punto que acabó por desbancar a Fátima de la condición de sultana y confinarla en habitaciones menos regias.

Hacia 1484, los celos, la rivalidad entre Aixa y Zoraya, el temor por la sucesión de sus hijos, junto con la desconfianza ante las intenciones del sultán, instaron a Aixa a participar, con la facción aristocrática de los Abencerrajes, en una conspiración para destronar a su esposo y poner en su lugar a su hijo Boabdil. Tras liberar a éste de una de las torres de la Alhambra, donde su padre lo tenía preso, Aixa incitó a Boabdil y su hermano Yusuf a huir a Guadix, donde el primero fue proclamado rey. Poco después, tras una sangrienta guerra civil, el 5 de julio de 1482, Boabdil era proclamado rey de Granada. Aixa volvió a intervenir con tenacidad y firmeza en 1483, cuando su hijo cayó prisionero de los cristianos en la batalla de Lucena, y ella negoció su liberación. Poco se sabe de su vida en los siguientes años, pero debió de seguir -y de implicarse muy de cerca en los agitados y decisivos acontecimientos que estaban teniendo lugar en Granada: las pretensiones al trono de El Zagal, su cuñado, y el hostigamiento constante de las tropas cristianas. Aixa se convirtió en el alma de la resistencia contra éstas.

Cuando la ciudad se rindió a los Reyes Católicos el 2 de enero de 1492, Aixa partió al exilio con su hijo, primero al señorío de Andarax, en la Alpujarra, y después, en octubre de 1493, a la ciudad marroquí de Fez, donde seguramente le sobrevendría la muerte.

Mujer enérgica y de carácter fuerte y acusada personalidad, el retrato que de ella hacen las fuentes castellanas es el de una persona de arrebatos pasionales y genio viril. Su agitada vida ha dado lugar a ser utilizada como tema recurrente en la literatura hasta nuestros días. En realidad, fue una mujer capaz de tomar importantes decisiones que influyeron en la evolución política del reino, para asegurarse la sucesión de su hijo primogénito al trono de la Granada nazarí. En suma, Aixa luchó por sus derechos y los de sus hijos con una firmeza inusual en una mujer del siglo XV, una lucha que la literatura romántica convirtió en un drama de pasiones, celos y venganzas.

Ella es clave para saber y entender acerca de Boabdil
 
 


Preámbulo y posterior Protocolo marcado por Aixa en la entrega de llaves del Reino de Granada

"Transcurrió todo el mes de diciembre sin que hubiese para los moros esperanza alguna de salvación. La irritación púbica crecía con el hambre; los síntomas de nuevos trastornos fermentaban entre el pueblo, y Boabdil temía que antes de cumplirse el plazo asignado para la entrega, estallase algún movimiento que comprometiese su seguridad personal y la de sus amigos y demás vecinos honrados. Para precaver esta catástrofe escribió una carta a los reyes, y les envió un presente de dos caballos enjaezados con las prendas más ricas de su recámara, y una cimitarra de gran precio.

El Vicir Jusef Aben Comixa fue portador de la carta y de los regalos, y recibido con singular benevoilencia por Fernando e Isabel, concertó que se verificase la entrega el día 2 de enero próximo y no el 6 como en otra ocasión se había convenido.

Mediaron algunas conteestaciones acerca del ceremonial con que los reyes debían tratar a Boabkil y a los individuos de su familia en el acto de la entrega. Aixa, altiva y de ánimo alentao aun en las ocasiones más adversas, hizo entender a Aben Comixa que como sultana madre no consentía que su hijo se sometiese a la humilde etiqueta de besar la mano de sus vencedores, y que si no se modificaba esta parte del ceremonial, pondría en acción los medios de prolongar una resistencia que escusaso tales afrentas.

El conde de TEndilla, a quien Aben Comixa escribió esta novedad, dio parte a los reyes, y éstos reunieron su Consejo y acordaron que Boabdil saliese a caballo, que hiciese un ligero acatamiento y un ademán de sacar el pié del estribo para apearse, y que en aquel momento el rey Fernando le advertiría que se detuviese y le haría un recibimiento correspondiente a su alto nacimiento. El de Tendilla despachó al mensajero con esta resolución y satisfecha Aixa no puso ya obstáculos a la entrega.

Al salir el sol, el día 2 de febrero de 1492, resonaron por el ámbito de la vega tres fuertes cañonazos disparados en la Alhambra: ésta era la señal convenida para que los reyes partiesen con su ejército de Santa Fe y tomar posesión de Granada. La noticia de la entrega se había notificado en los reales la noche antes por público pregón, mandando que al día siguiente estuviesen todos apercibidos bajo sus banderas, prohibiendo bajo pena de muerte que soldado alguno abandonase las filas para entrar en Granada y previniendo a los caballeros, pages y escuderos que vistiesen de rigurosa gala. Las mismas personas reales dejaron el luto que llevaban por la inesperada muerte del príncipe de Portugal, esposo de la infanta Isabel. Puestas en orden las batallas, avanzó el ejército por los lugares y llanos de Armilla, y antes de mediar el día llegaron las primeras columnas a las puertas de Granada. Por una cláusula de las capitulaciones, la tropa no debía atravesar la ciudad, sino dirigirse a la Alhambra por camino escusado, para evitar así cualquier accidente y alejar a los vencedores de la vista de los ciudadanos afligidos.

Con arreglo a este convenio, el Gran Cardenal D. Pedro González de Mendoza, escoltado por tres mil infantes y alguna caballería, y asistido por el comendador D, Gutierre de Cárdenas, y por algunos otros prelados, deudos e hidalgos, atravesó el Genil hacia los parajes del moderno puente verde o de Sebastiani, y subió por la cuesta de los molinos y carril de los mártires a la esplanada de este nombre, llamada entonces del Abahul.

No lejos del sitio en que hoy vemos los cimientos y ruinas del convento carmelita, Boabdil, que había salido por la puerta de los Siete Suelos acompañado de 50 caballeros de sus casa y servidumbre, se presentó a pié; y el Cardenal al verle dejó su caballo y salió a su encuentro reicibiéndole con respeto y benevolencia. Apartáronse ambos algunos pasos, conversaron un corto rato en secreto y acto continuo dijo el moro en voz alta: "Id, señor, en buen hora y ocupad esos alcázares míos en nombre de los poderosos reyes a quienes Dios, que todo lo puede, los ha querido entregar por sus grandes merecimientos y por los pecados de los moros."

El Cardenal, sensible al infortunio, quiso consolarle y le ofreció su propia tienda para que se alojase en ella durante el tiempo que debía permanecer en los reales de Santa Fé; aceptó Boabdil este ofrecimiento, añadió que no había para sí consuelo en la tierra, y despidiéndose del ilustre prelado con ademán melancólico, cabalgó seguido de su comitiva, y bajó por el mismo carril al encuentro del rey Fernando.

Momento de la Entrega de llaves

Venía éste en pos del Gran Cardenal y esperaba al moro con espléndida caballería a la margen del Genil, casi a la puerta de una pequeña mezquita convertida hoy en ermita de San Sebastián.

Al llegar Boabdil a la presencia de su vencedor hizo ademán de apearse, y aun sacó el pié derecho del estribo; pero Fernando, según lo convenido, se anticipó, le contuvo y rehusó darle a besar su mano como el moro solicitaba. 

Se acercó entonces el mismo rey Chico, se inclinó para besarle el brazo derecho y presentó dos llaves de las puertas principales de la Alhabra, diciendo con semblante abatido: 

"Tuyos somos, rey poderoso y ensalzado; éstas son, señor, las llaves de este paraíso; recibe esta ciudad, que tal es la voluntad de Dios" 

Tomó Fernando las llaves con dignidad y respondió al moro: 

"No dudes de nuestras promesas ni te falte el ánimo en la adversidad; lo que te ha quitado la suerte adversa será resarcido por nuestra amistad".

Cumplida la triste ceremonia, preguntó Boabdil por el caballero a quien los reyes encargaban el gobierno o tenencia de la ciudad, y habiéndose presentado D. Íñigo López de Mendoza, Conde de Tendilla, le entregó una sortija de oro con una piedra presiosa, que a presencia de la comitiva real separó de su mismo dedo diciendo: "Con este sello se ha gobernado Granada; tomadle para que la góbernéis y Dios os haga más venturoso que a mí"
 
Epitafio para un perdedor

Apenas clareaba el alba
la tristeza ya se asoma
por las calles de Granada,
viendo a Boabdil entregar
las llaves de su Alcazaba.

Altas son las sombras
que recuerdan
los atardeceres moros
de su Alhambra.;
y ellas, tristes hoy,
lloran con su pena
por el moro de Granada.

Pieles recias, ojos negros,
Labios grana, noble pelo.
Aunque nada te consuele...
ya no llores, no hay remedio

                                     Eva María Velázquez


Fuentes: Patricia Yanguas y Miguel Lafuente Alcántara. Historia de Granada. 1992, pag 129

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