sábado, 8 de agosto de 2015

"Cartas del Tercer día"

Imagen referencial. / Foto: Flickr de XI (CC-BY-NC-ND-2.0)

“Hace mucho tiempo, durante la dinastía Song, hace quizá más de mil años, el emperador Song Zhezong recorrió todo su reino en busca de una nueva concubina. Viajó hasta muy lejos y finalmente llegó a nuestro condado, donde oyó hablar de un campesino llamado Hu, un hombre con cierta cultura y sentido común que vivía en el pueblo de Jintian. 

El señor Hu tenía un hijo que era funcionario, un joven de buena posición que había obtenido unos excelentes resultados en los exámenes imperiales; pero la persona que más intrigaba al emperador era la hija mayor del campesino. Se llamaba Yuxiu. La muchacha no era una rama carente de todo valor, pues su padre se había encargado de su educación. Sabía recitar poesía clásica, y había aprendido la escritura de los hombres. También sabía cantar y bailar, y sus bordados eran hermosos y delicados. 

Todo eso convenció al emperador de que la muchacha sería una buena concubina real. Visitó al señor Hu, negoció para obtener a su inteligente hija y poco después Yuxiu emprendió el viaje a la capital. El señor Hu recibió muchos regalos y a Yuxiu se le garantizó una vida distinguida rodeada de jade y seda.

Día y noche Yuxiu guardaba para sí sus emociones. Las malvadas mujeres de la corte y los eunucos la observaban mientras bordaba o practicaba caligrafía en silencio. Siempre se reían de su trabajo:”qué mal lo hace”, decían. “Mirad cómo ese mono intenta copiar la escritura de los hombres”. 

Sus labios sólo pronunciaban palabras crueles, pero Yuxiu no intentaba copiar la caligrafía de los hombres. Lo que hacía era cambiarla, inclinarla, feminizarla, y de ese modo creó unos caracteres nuevos que muy poco o nada tenían que ver con la caligrafía de los hombres. Sin que nadie lo supiera, estaba inventando un código secreto para poder comunicarse con su madre y sus hermanas. (“El abanico de seda”, de Lisa See). 



 


Las mujeres se arman de valentía y rompen con la mayor desigualdad que les separaba del hombre que no era otra cosa que el derecho a comunicarse. Nace, así, un lenguaje secreto de manos de las mujeres de la etnia Yao, el NÜ SHU o el LENGUAJE DE LAS MUJERES,  en una de las provincias del sur de China, Humán, situada en la región de Jiangyong, un idioma sutil, de trazos más elegantes y volcados que el mandarín, al que el hombre no podía acceder. 

Las mujeres entonces, eran excluidas de toda posibilidad de alfabetización, pues la mujer de la época no tenía más valor que el que pueda darse a una moneda de cambio. Inserta en una sociedad machista, hecha por el hombre para el hombre, su vida transcurría en torno al hogar, a matrimonios previamente concertados por la familia desde muy jóvenes, y a la crianza de los hijos. En este formato social, la mujer vivía su embarazo y su parto con el temor absoluto de que su vientre no diera a luz un hijo varón pues, si era niña la nacida, ella sería apartada y sustituida por una concubina con la que el marido intentaría tener el hijo varón que ella no había sabido darle; postergada, humillada y alejada de todo contacto, con la fuerza que da la razón y la necesidad de comunicación, inventan un idioma desde la mujer para la mujer, y así es cómo el Nü Shu cobró vida de forma hablada, escrita y cantada, una escritura única y  misteriosa que con sus más de dos mil caracteres, ha servido para romper el silencia durante siglos de Historia.

Como está claro que el compartir un secreto, une, las Yao no iban a ser menos y de todo ello, nacieron vínculos afectivos muy fuertes, que llevaron a la formación de las "Hermandades Juradas" a las que sólo la mujer tenía acceso, impensables para cualquier varón.

 Uno de los cometidos más importantes y valiosos en el “nü shu” eran las llamadas “cartas del tercer día”, que consistían en cuadernos bordados en tela por las “hermanas de juramento” de la novia (madre, hermanas, tías y primas)  en el llamado Rito de sentarse y cantar en la habitación de arriba

En estas cartas se resaltaban, en forma de canciones, las virtudes de la novia, deseos de felicidad para ella en la vida que comienza, se daban consejos de la conducta perfecta para ser una buena esposa, etc. 

Tres días antes de la celebración de la boda, comenzaba el rito de los lamentos, que consistía en que la madre de la novia, sentada en el cuarto peldaño de la escalera que conducía a la habitación de las mujeres, entonaba un lamento de despedida para su hija, que secundaban el resto de las mujeres presentes, concluyendo la novia con las canciones de lamentos, no sin antes terminar por agradecer a su familia la educación y alimentación recibidas. Posteriormente, las cartas del tercer día se leían en casa de los suegros de la novia (normalmente por una hermana de sangre) al tercer día de la boda, y sólo en presencia de las mujeres de la familia política, para que éstas tuvieran en cuenta los talentos de la novia y la trataran con respeto y cariño. 

En el año 2.004 murió, a la edad de 98 años, una de las últimas mujeres que sabían escribir este idioma, se llamaba Yang Huanyi y gracias a ella, se han podido comenzar las investigaciones pertinentes para dar luz verde  al estudio del IDIOMA DE LAS MUJERES por parte del  varón.

¿No es admirable la historia?












lunes, 3 de agosto de 2015

Lola

Desperté como cualquier otro día, con mi pene erecto, pero sin necesidad de sexo. Mi cuerpo dormitaba entumecido envuelto en la soledad de unas sábanas revueltas sin esmero.





Nada era distinto en el amanecer de aquel invierno inhóspito.  El vaho cubría los cristales y enturbiaba, muy a mi pesar, la belleza de aquel jardín vecino.

Como cada día, hube de alentarme durante largos minutos para abandonar mi acogedor refugio. Cubrí la espalda con la misma manta que acompañaba mi regazo y mis sueños desde hacía largos años para no pasar frío, con el fin de recoger el periódico local que me esperaba puntual y madrugador en la puerta de casa. Al incorporarme, sentí un vahído que hizo retrasar mi intento. Sentado en el borde de la cama reposé mi cabeza en las rodillas y la cubrí con mis manos, aún vacías, en mi melena alborotada. Era en momentos como éste cuando más pesaba la ausencia de Lola.

Pasado un buen rato, recobré el equilibrio perdido, pero pensé que era mejor idea la de hacer esperar a la gaceta y enfilar hacia la cocina para tomar algo que me hiciera recuperar la verticalidad que tanto me caracterizaba. Encendí la hornilla, puse la cafetera al fuego y me dispuse, por fin, a recoger el periódico. De regreso, rescaté del fuego aquel aroma y comenzó mi ritual solitario de cada mañana. Tomé una bandeja, solo una; sobre ella, una taza regalo de Lola,  con una frase impresa que la limpieza y el tiempo había desdibujado, pero que era mi único lazo real y matutino con Lola: ¡Despierta dormilón, que te espera mi sabor!

La misma mesa, la misma casa, la misma soledad eterna con la que convivía desde hacía demasiados años, me acompañaba. Recordé que alguien dijo: “Al viajar y al enamorarse, el mundo vuelve a nacer” y supe que había llegado el momento de plantearme un buen viaje. Tal vez el destino me brindara una nueva compañera en quien confiar, a quien amar y, sobre todo, alguien que pudiera arrancar de mi pecho y de mi pensamiento a Lola. Es curioso comprobar que, si difícil es olvidar a un amor, más tremendamente difícil es dejar atrás los recuerdos que te unen a ella.

Me senté pausado para no derramar el contenido de la bandeja, con el diario bajo el brazo y, café en mano, esperando encontrar alguna oferta para viajar a algún país lejano donde cumplir mi ensueño, comencé a leer los titulares del día.

El calorcillo del café en mis labios me hizo recordar aquel calor inigualable de los labios de Lola cuando la amaba y me estremecí inusitadamente y sin querer recordarla.

¡Los mismos perros con distinto collar! me dije, y seguí leyendo. De súbito, una noticia captó mi atención y di un respingo en mi asiento con el que manché toda la alfombra:Detenido el “maestro pitillo”. El presunto pederasta, MGH, fue detenido durante la tarde de ayer en el instituto PH, entre las miradas aterradas de padres y alumnos,  mientras daba clases de ética,.

¡Cabrón de mierda! Si soy yo el padre de alguno de ellos, te corto la polla y cacho a cacho te la meto por el culo, ¡desgraciao!.

En la foto aparecía el hijo de la gran puta de pie, esposado, entre dos policías que le escoltaban para que la muchedumbre exaltada no lo apaleara. Sus ojos ausentes dejaban traslucir el miedo a ser agredido, pero no el terror de lo protagonizado con esos pobres inocentes.

“… La defensa apelará a su inocencia con el alegato de trastornos mentales…”, seguía relatando el periódicoÉsto lo han hecho los perros de las otras páginas. ¡Esto!. Nuestras calles llenas de locos sin que nadie sepa dónde meterlos y nuestros hijos convirtiéndose en carnaza fresca para tanta hiena suelta ¿Para qué sirven los manicomios… o los hospitales psiquiátricos… o como se les llame ahora? ¡Es preciso, por su bien y por el de todos, que estén alejados mientras no estén en sus cabales, coño! ¿Qué culpa tenían esos pobres niños? Puta sociedad podrida. ¡Maldita seas!.

Continué observando centímetro a centímetro aquella foto como si en ello me fuera la vida, como si de mi minuciosa observación dependiera la venganza de aquellos padres, de los pobres chiquillos. Detrás de él había una mujer morena, apenas perceptible. Debe  ser su esposa, pensé, pero aquel rostro me era demasiado conocido. Me levanté de un salto en busca de mis gafas, me las puse y retorné al rostro de la chica. Al verla nítida me quedé paralizado… ¡No puede ser!.

Contemplando detenidamente la fotografía, de repente todo el argumento y la desgracia que en ella se relataban, perdieron importancia y llegaron a mí todos los recuerdos con Lola. Sí, era ella. No cabía duda alguna. Seguía hermosa, muy hermosa…  un nudo en la garganta me asfixiaba al ver su rostro y vino a mí, de súbito, el dolor de sus besos.

No sabía nada de ella desde que decidí trasladarme a mi encierro para olvidarla, escribí hasta dolerme los ojos por sanar absurdamente mi corazón. Todo fue en vano, los peores momentos de mi vida llegaron con su ausencia, pero tenía que seguir viviendo.

Recordé que fuimos felices durante mucho tiempo, y vino a mí el rumor de su risa, el aroma de su piel al hacer el amor, la tersura de sus pechos y …  ¡cuánto me gustas amor!

Pero el viento sopló en mi contra. Ella quedó embarazada a mitad de carrera, yo estaba dichoso de sentir mi futura paternidad y hacía planes en silencio porque ella insistía en no querer tenerlo...  “Tendré que pedirte dinero hasta para comprar el pan, vendrás a casa tarde oliendo a otra mujer porque yo estaré estropeada de tanto fregar, cansada, aburrida, dejada, sin ganas de hacer el amor, porque el amor se habrá ido, y cuando crezcan nuestros hijos, tendré que cantar para saber que no soy muda porque todos os habréis ido,  y me volveré loca de no tenerte”, decía. Yo callaba su boca con mis besos y la acariciaba diciéndole que eso no sería posible porque yo la amaba y el futuro era nuestro. Nunca deseé algo con tanta fuerza como el vivir y morir junto a ella, pero no me creyó.

Insistía en que debía acabar Derecho para ser una buena abogada, para salvar a toda esa gente inocente de tanta maldad desperdigada. Tenía sueños. Sueños. Sueños que rompieron mis ilusiones... y acabó abortando a mi pequeño.

No se lo perdoné nunca, pero seguí amándola día tras día, primero a su lado y más tarde sin ella. Su amor era mi vida y siempre tuve miedo a la muerte. Los hombres somos pequeños cobardes en brazos de un gran amor.

Y ahora estaba quieta frente a mí, en un papel de imprenta… “la abogada del violador, Dolores Martínez Jiménez, presentará un recurso del alzada al Tribunal Supremo pidiendo el indulto de su defendido”.

En estado de shock pasé largas horas con una sola frase machacando mi mente:
¡En qué te has convertido Lola! ¡En qué te has convertido!

Al amanecer siguiente no hubo periódico en la puerta ni miradas al jardín vecino, sólo cortinas que escondían mis manos abrazadas a un café caliente y el esbozo de unos ojos perdidos en el horizonte.

Donde no hay vida, no hay esperanza; donde no hay esperanza, no debe haber vida, porque la vida no es más que una eterna esperanza en medio del desamor y el olvido.

Ya nada importaba.
La nieve caía…
y el viento enterró mi sombra.


© Eva Velázquez Valverde, 2015
    Del libro de relatos Tejidos de Seda
    (Publicado en marzo 2015)

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