domingo, 23 de octubre de 2011

Nunca después de la muerte

Me pide mi amiga Sonia que le ponga aquí uno de mis relatos, "Nunca después de la muerte". Fue Primer premio de Relato Corto del Certamen Nacional de Facultad de Farmacia, Universidad de Granada, 2004 y publicado en la Revista Extramuros en 2006. Os lo dejo de recuerdo. Espero que os guste.

NUNCA DESPUÉS DE LA MUERTE
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Eva María Velázquez Valverde


Estresada y abatida atravieso el inmenso quicio de un pasillo incierto que me espera. Mi joven figura, escondida bajo un ridículo uniforme, me hace no pasar desapercibida. Ahora, el tiempo late con incesante anhelo y yo, en vano, intento arrancarle cada segundo de su estúpido derroche.

Plena de esperanza dejo atrás mi andar cansado. Me detengo frente a decenas de personas que impávidas, agolpadas, esperan la llegada de un ascensor sombrío, lento, maloliente, que hace de puente entre el dolor y la vida. En medio, unos pisos de esperanza. Observo y alzo el vuelo a una escalera que me engulle e intento salvar cuatro pisos hacia una habitación que, paciente, espera mi llegada. Cada peldaño, parece haber crecido desde ayer. Debo dejar de fumar. Sí, mañana dejaré de fumar – me repito una y otra vez.

Un letrero me informa y me detiene: Segunda planta. Sin excusa, apoyo mi mano en la baranda y me detengo para recobrar el aliento. Al reiniciar mi ascenso, tropiezo con la afligida sonrisa de una bella anciana. Buenos días, Doña María. ¿Todo bien? Todo igual, hija. Mi marido ha pasado mala noche, en cambio, tu padre ha dormido varias horas de un tirón. Hace un ratito que se fue tu madre a descansar y he aprovechado que duerme mi Eduardo para salir a tomar algo calentito. ¡Ay! ¡Si Dios me hubiera dado una hija..., otro gallo me cantaría! Vaya, Doña María. Váyase tranquila que ya me ocupo yo de vigilarles hasta que usted vuelva. Muchas gracias, prenda. Dios te lo pague.

Tirando a golpes de sus piernas, desaparece.

Intento aminorar mi marcha. Ahora sé que papá está mejor y eso es lo que importa. Sin embargo no consigo acortar mis pasos. Ha sido una jornada intensa, pero mi corazón no entiende de cansancio. Mi ansia por verle aumenta. Algo me avisa de que el tiempo a su lado será corto y quiero aprovechar cada instante que me queda. Tiempo. Necesito sólo un poco de tiempo más para remediar el desacierto. Una lucha interna se me cuece desde lejos. Una dura lucha por no mostrar mis sentimientos. Tanta vida compartida, tanto agradecimiento y tanto escondido adentro.

Mis pensamientos rastrean los recuerdos de mi mente. Preguntas que yo misma me contesto aunque no siempre me gusta la respuesta. Un buen marido. Sí, tan bueno que pasé años enteros preguntándome qué lugar ocupaban los hijos en su vida, si realmente nos quería. Fueron años difíciles de absurda incomprensión que jamás le perdoné. Riñas y más riñas. Difícil papel el de primogénita. Yo intentaba dar a mis hermanos el cariño que nos faltaba, olvidando que yo aun era una niña. La empatía nunca fue su mayor virtud y lo odiaba por ello. Era tan difícil llegar a él.

Han pasado los años y ahora sólo importa que él, con su eterna juventud, se está muriendo; que cada uno es como es, que toda actuación tiene un ayer que provoca la actuación irremediable y que no siempre es la acertada. Papá también tuvo la suya. Esa era justamente la clave para poder entender a mi padre. Mis monjas decían: “cuando hay amor, hay perdón”. Es cierto, aunque nunca supe muy bien por qué. Hoy no me lo cuestiono, quizá porque ahora soy madre y los ojos se abren a unos horizontes distintos, plenos, capaces de abarcar todo un mundo que antes permaneció eternamente oculto. Lo he sabido precisamente hoy, cuando siento que se me va el más vital de mis pilares. ¿Dónde quedaron las riñas y los reproches? ¿Dónde las insatisfacciones de un pasado? Tan sólo virtudes golpean mi estúpida mente. Leal, honesto, infatigable, amigo de sus grandes amigos. Alegre, cariñoso, sincero, hogareño y celoso de sus propiedades, entre las cuales nos encontramos todos, y sobre todos, mi madre. No puedo contener mis lágrimas y sigo subiendo.

Dicen que cuando te mueres ves pasar tu vida en tan sólo un instante. Yo no estoy muerta e igualmente viene a mi mente. Yo no me muero. O tal vez sea que también me estoy muriendo. Cuando éramos pequeños, nos mirábamos y reíamos escondidos, los hermanos, al verle llamar a mi abuela de usted con un respeto exacerbado. Ignorábamos que era la guerra civil la que hablaba por su boca. Presumía diciendo: ‘tu abuelo –se refería a su padre–, fue condecorado en repetidas ocasiones, debéis saber que obtuvo la “medalla al valor” y fue nombrado héroe de guerra en la contienda cubana’. Aquello debía de ser muy importante por lo serio que se ponía, pero nosotros no entendíamos muy bien lo que decía. ¿Cómo entender si ni siquiera sabíamos el significado de contienda? Al crecer supe a lo que se refería, mas pensé que eran fantasías suyas. El tiempo me quitó la razón. Realmente era cierto. Después de investigar, conocí la historia real de mi abuelo condecorado y me fascinó. A vuelta de Cuba, ya mermada su salud por la huella de aquella guerra en la que para sobrevivir debían de beber orín de los caballos para no morir de sed, mi abuelo contrajo matrimonio con la que fuera su gran amor, Ana, una preciosa joven de 16 años. Ocho hijos fueron el fruto de su pasión, aunque sólo seis sobrevivieron a los desastres de nuestra guerra civil. Mi padre era el menor.

El abuelo falleció cuando papá tenía tan sólo 3 años de edad y la abuela, entrada la posguerra, creyó imprescindible encerrarlo entre faldones negros de los Padres Jesuitas para que no sufrir las desgracias de su tiempo. Aquellos sacerdotes lograron imprimir en él la exquisitez de su comportamiento. Pero no, Dios no quiso que tomara los hábitos y abandonó la sotana antes de que fuese demasiado tarde. Ahora lo recuerdo contándonos aquellas historias que eran suyas: cómo se subían las sotanas para correr detrás de la niñas o se escondían en un portal para fumar cualquier cigarrillo prestado. Mis hermanos y yo le escuchábamos atónitos, porque también nosotros estábamos siendo educados entre las paredes de un convento. Tras su internado, papá volvió a casa cambiando rezos, libros, urbanidad y misales, por un revuelo de faldas que, entre risas y más risas, tejieron su juventud en el taller de costura de mis tías, Amor y Esperanza.

Creo que su decisión no fue acertada. Siendo joven, muy joven, tras engaños y promesas, se hizo cargo del negocio que montaron dos de sus hermanos mayores: una fábrica de caramelos y otra de carne de membrillo. Una empresa en la que su alma se hizo vieja a golpes de desilusiones y falsas esperanzas. ¿Su verdadera ilusión?: ser pintor impresionista. Era admirable su capacidad para arrancar de un simple trazo todo un mundo de belleza. ¿Su pasión?: la música clásica y caminar por las preciosas sendas de Sierra Nevada ¿Su sueño?: vivir y morir cogido de la mano de mi madre. ¿Su realidad?: una cruda realidad que le amargaba... dispensar lo fabricado en la pequeña tienda que, gracias a sus manos, se hizo grande, muy grande y con la que todo el mundo se hizo rico, excepto él que trabajaba. Así vio, día a día, hacer fortuna a sus hermanos mientras que en mi casa, hubo que necesitar la ayuda de mi madre para salir adelante. Su desgraciada infancia y, más tarde, su desafortunado andar, le marcó un carácter de persona desconfiada, frustrada, incapacitándole de por vida para disfrutar de los buenos momentos compartidos, de tantas personas que le queremos, de tantos “te quiero “ que quedaron en el camino, aunque no en el olvido. De súbito me vienen instantes en los que intenté decírselo, esos mismos momentos que mis palabras quedaron dentro.

Por fin llego al final de mi travesía. Enfilo el largo pasillo atormentada por la idea de la muerte. Mientras recorro el interminable túnel aséptico, mi memoria camina por momentos entrañables en compañía de aquellos que siento míos. Sones de música que huelen a juventud y deseo. Sensaciones envueltas en un halo de añoranza, risas infantiles que hoy son universitarias. Llantos por ausentes pisadas en aquellos días y que hoy llenan toda mi vida. Humo escondido. Inocentes juegos callejeros huyendo de la mirada de cualquier vecina, chivata de aburrida. Tantas y tantas cosas... que ayer fueron ilusión y hoy no son más que recuerdo en el olvido.

Absorta en mi memoria continúo mi camino apenas sin percibir que existe todo un mundo indeleble, penosamente perceptible, que me acordona; un ente inquisidor de fantasías.

Un maldito choque fortuito me hace salir del éxtasis. Disculpe –musito. No hay de qué –me responde una voz dificultosamente sonora.

Con tristeza compruebo cómo el hospital engulle a todo aquel que se le acerca. Nos vuelve zombis en el centro de la vida y, sin apenas darnos cuenta, nos convierte en juguetes del destino, ajenos a nosotros mismos.

Final del trayecto. Frente a frente, la habitación de papá. Paralizada detengo mis pasos un momento más, apenas un instante. Compruebo su estado tras el cristal antes de entrar. Duerme. Con mucho cuidado para no interrumpir su sueño, entro en la habitación. Saludo a su compañero con mi mano y la mejor de mis sonrisas. Como si él también estuviera de visita, como si, a pesar de todo, el mundo esperase su regreso. Él sí está despierto. Me sitúo a los pies de papá para observarle. Su rostro ya no es el mismo, sus duras facciones de deportista han desaparecido para dar paso a unos rasgos frágiles que traslucen su dolor, impotencia y desazón. Su piel se esfumó y ahora era la de otro. En su lugar queda un cuerpo aceitunado, triste, tan inútil como mis ansias de verle sano. Nada es lo mismo excepto su precioso cabello negro contrastando impactante con su cuidada e intacta dentadura. Blancura dando paso a su sonrisa. Y recordé las bromas con mi madre, extraños gestos para que ella se riera. Siempre lo conseguía. Y les vi en casa, mirando la televisión cogidos de la mano, gastando sus eternas bromas: Gorda, ¿a que soy guapo? Mi madre, enamorada, repetía: Estás loco. Cuarenta años unidos. Cuarenta años y, en mí, una sola pregunta. Cómo sobrevivir al desastre del amor. Mi matrimonio tan sólo duró un suspiro y, tras él, una continua vida de agonía. A pesar de todo, sigue siendo un hombre guapo – pensé. Voces, risas, imágenes, olores, sensaciones, recuerdos..., momentos que no han de volver. Cierro los ojos y me revelo.

Inmersa en mis pensamientos, noto que su mano comienza a moverse, la tomo entre las mías y la acaricio con todo el amor que jamás supe mostrarle. Su mano tampoco es la misma, sigue siendo bonita, pero ahora es delgada y ha perdido su sello de fuerza. Al notar mi caricia despierta de su sueño. Me mira lentamente y me sonríe. ¿Ya estás aquí? ¿Ya has terminado tu trabajo? ¿Y la chica? –se refiere a mi hija, su única nieta–. La chica está bien, papá. Pregunta mucho por ti y te manda miles de besos. Quiere que vuelvas pronto porque te echa mucho de menos. ¡Qué bonica es! –dice con nostalgia.

Las mismas preguntas... las mismas respuestas. Él aprieta mi mano, yo beso su frente. Él sonríe. Yo también lo hago... mientras lloro por dentro. Tal vez, él también lo esté haciendo. Siempre igual. Un día y otro día. ¿Mamá se ha ido? Sí, acaba de marcharse a descansar un rato, pero volverá enseguida. Se queda pensativo. Tiene miedo a estar sin ella. Cuando ahora los veo tan tristes... Ellos, que siempre fueron la estampa real de la felicidad y la alegría, me deshago.

La enfermera entra para traerles el almuerzo. Apoyo su mano en mi brazo para ayudarle a incorporarse. A duras penas logro acercarlo hasta el asiento. Una vez allí, despacio y con todo mi amor en la cuchara, le ayudo a introducir cada sorbo de sopa en su boca. Muero de pena al saber que se va y no puedo hacerle llegar el ‘te quiero’ que, implacable, callo sin remedio. Sólo dos palabras para que comprenda que no pasa nada, que yo estoy allí para cuidarle, que siempre lo he querido y que, yo, también he tenido la carencia de su “te quiero” en mi vida. Y.... que tal vez algún día sea tarde, porque nunca después de la muerte se puede decir ‘te quiero’. Convencerlo de que todo ha valido la pena y de que el vacío se llena tan sólo con su nombre. ¿Papá, ¿te encuentras mejor? ¿Quieres que te ayude a sentarte un ratito en el sillón? Gracias hija, no sé ya dónde ponerme. Me duele todo.

Una vez sentado, me agacho, le beso la mano y nuestros ojos se funden por un segundo. Era una mirada de agradecimiento, de ‘todo ha valido la pena’, y de... ‘no sé por cuánto tiempo’. Supe entonces que había llegado la hora, que tal vez la vida no me brindara otra ocasión y que, efectivamente, nunca después de la muerte se puede oír un ‘te quiero’. Acaricio de nuevo su mano, respiro y le digo: ¿Papá, ¿sabes que te quiero? Él me mira fijamente, cierra sus ojos, sonríe, los abre de nuevo envueltos en lágrimas y, al fin, contesta: Lo sé hija. Yo también te quiero.

Devolví la sonrisa, lo abracé y asido a mi mano se quedó dormido en el silencio.

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