Novela y Ensayo



Diseño de Portada: Ana Morilla

QUERIDA LOCA
ENTRE EL CORAZÓN Y LA RAZÓN.



QUERIDA LOCA es una novela editada por vez primera en el año 2003 por Granada Literaria, editorial del Ayuntamiento de Granada, de la que se han agotado ya tres ediciones y en octubre saldrá la cuarta al mercado. 

Una novela que por su alto nivel de interés, ha sido nombrada como lectura aconsejada en Colegios e Institutos de Granada y fuera de ella, tanto en clases de Historia (por la veracidad de los hechos), como de Literatura (por la diversidad del lenguaje utilizado, su nivel de síntesis y su cercanía en la redacción, acercan al lector a una novela ilustrativa de muy fácil de lectura), como de Ética, gracias a que Eva Velázquez utiliza una historia parela que servirá de excusa para introducir la biografía de la Reina y que, en contra de lo pronosticado por la autora, cabó ésta convirtiéndose en una historia pararela de importancia similar a la propia histórica reseñada, pues marca las pautas a seguir para la unión intergeneracional, según decía el propio fallecido catedrático de Lengua y Literatura, Emilio García Wiedeman. 

Mucho se ha escrito sobre JUANA DE CASTILLA, apodada "LA LOCA", sin embargo, Eva Velázquez, nos ofrece con su novela QUERIDA LOCA, una nueva visión sobre la reina

Velázquez no sólo contempla el hecho de que su infortunio por muertes consecutivas en sus hermanos mayores la llevaron a ostentar una corona que jamás le interesó, sino que deja traslucir la importancia que tuyo como mujer, esposa y madre en la vida de todos sus seres queridos, así como el alto nivel humano y cultural de la soberana, que, a pesar de su trastorno, en buena parte heredado de su abuela materna, nos es mostrada como una mujer maravillosa digna de compasión y alabanza.

En QUERIDA LOCA, encontramos, pues, dos historias paralelas con un lazo de unión: JUANA LA LOCA, y con una única intención común: dar al lector la verdad de unos hechos históricos trastocados por la Historia, poniendo sobre el mantel toda una serie de grandes matices encontrados en el corazón de sus protagonistas. 

La novela pueden adquirirla en la librería Babel (Calle San Juan de Dios. Granada), Librería Lapiceros (Calle Torre de Peralada. Granada). PVP: 10 €

NO SE LA PIERDAN

MUY PRONTO HABRÁ UNA GRAN SORPRESA QUE LES GUSTARÁ... 

QUERIDA LOCA

una JUANA de Castilla, LA LOCA,
 que pasó su vida debatiéndose
ENTRE EL CORAZÓN Y LA RAZÓN.

EVA VELÁZQUEZ, escritora y actriz nos trae hasta nosotros la verdadera historia de una reina maltratada por la historia.

Buena hija, buena esposa y buena madre, que siempre defendió los honores de su corona, a pesar de que nunca se interesó reinar. 



                                                            AUTORA: Eva María Velázquez Valverde
                                                            EDITORIAL: Granada Literaria. Ayuntamiento de Granada
                                                            ISBN: 978-84-87713-36-1
                                                            EAN: 9788487713361
                                                           AÑO: 2003
                                                           LUGAR DE EDICIÓN: Granada
                                                           COLECCIÓN: Granada Literaria. Narrativa
                                                           Nº Ediciones: Dos ediciones, agotadas. 
                                                           NÚMERO PÁGINAS: 119
                                                           ENCUADERNACIÓN: Rústica


QUERIDA LOCA

        Álvaro, estudiante de bachillerato, se ve en el compromiso de ayudar a su abuelo (matriculado en el Aula de Mayores de la Universidad), en la redacción de un trabajo sobre Juana de Castilla, hija de los Reyes Católicos y más conocida como “Juana la Loca”.

        Con esta anécdota argumental, Eva María Velázquez construye un delicioso y ameno relato, oportunamente redactado en todo literario juvenil, en el que confluyen tanto los vínculos como las distancias generacionales a la hora de contemplar e interpretar el mundo. Nieto y abuelo, reunidos en torno a la biografía de Juana, dialogan sobre todo aquello que los une y separa: el conocimiento, el amor, la familia, el futuro, el paso del tiempo… Juana de Castilla, “la Loca”, es la mujer infeliz de vida atribulada que congrega tanto la piedad como la admiración de ambos. Es la mujer capaz de reconciliarlos en un afecto que ya nunca va a extinguirse. La novela alcanza su máximo valor literario en la facilidad con que la autora conjuga el relato histórico con la cotidianeidad familiar de los dos protagonistas: un abuelo y su nieto que, sencillamente, aprenden juntos.

JVP. Director de la Colección

CRÍTICAS A QUERIDA LOCA

Críticas Manuscritas
* Querida amiga Eva:

 He leído con mucho interés tu libro "Querida loca". El planteamiento es muy original y la lección de historia, que está muy bien documentada, se hace interesante a través del diálogo con el abuelo. Es un método sumamente útil hacer ver a la juventud que la historia no sólo no es una carga difícil de aprender, sino que, en sí misma, tiene más interés que muchas novelas y películas. Todo esto está muy bien conseguido, de manera muy original, te repito, y puede ser la tuya una gran labor. Enhorabuena por todo.
Rafael Guillén
Poeta

* Mi querida Eva:

He leído con detenimiento tu manuscrito de Querida Loca y quiero transmitirte mi opinión personal muy brevemente. Sin duda:

- La historia engancha desde el primer momento.
- Me parece un acierto alternar los diálogos de los personajes –abuelo y nieto- con la historia que se cuenta, porque da al relato una gran agilidad.
- La enseñanza que se deriva, en paralelo, exaltando el lado positivo que aflora, tanto de la juventud como de la vejez, es otro extraordinario acierto, teniendo en cuenta a quien va dirigido el libro.

Salvador Alonso
Crítico literario

** Entrevistas publicadas en Revistas Culturales

Entrevista publicada en la Revista Literaria El Senado (Febrero 2004)


 ¿Querida Loca es una historia real o imaginaria?

Es una historia sobre Juana de Castilla es totalmente real, y es precisamente eso lo que me llevó a escribirla, el ánimo a que los jóvenes supieran la verdad de esa apasionante y triste vida. Aunque bien es verdad que no se profundiza en datos históricos ya que es para un público muy especial y no pretendía aburrirles con datos innecesarios para su edad.

¿Por qué eligió un alumno del Aula Permanente como uno de los personajes centrales de la obra? ¿Conocía el Aula de Mayores de la Universidad de Granada?

Sí, bastante en profundidad puesto que mi madre ha sido alumna de la misma. Me parece que es una magnífica iniciativa de la Universidad el dar cabida en sus aulas a personas ansiosas de sabiduría y que por una u otra causa no han podido dedicar tiempo de su vida a su formación académica. Me parece que ese deseo de conocer es encomiable y por eso decidí que el personaje de Juana lo introdujese un alumno del Aula Permanente.

La relación del abuelo y nieto aparece en principio distante y fría estrechándose y conmoviendo al final del texto. ¿Qué fuerza puede tener un relato de esta índole para hacer que las relaciones se afiancen de tal modo?

El estrechamiento se produce a raíz de la colaboración mutua, a través de la cual ambos empiezan a conocerse, a respetarse, a entenderse y a quererse.

¿En ese sentido, el maestro que inicialmente era el nieto, acaba siendo el discípulo doblegándose a la sabiduría que entraña la madurez de un adulto. Aparentemente existe un intercambio de roles a través del texto. Es eso así?

Sí, efectivamente. Yo pienso que siempre es preciso aprender de todo el mundo, pero especialmente de nuestros mayores porque, además del saber que les imprime el devenir de la propia vida, existe algo esencial en la docencia que es el cariño hacia esa persona que sabe menos que nosotros, y nadie nos puede amar más que nuestros abuelos y nuestros padres. Por eso, el niño, con su inexperiencia y sus pocos estudios se cree superior, demostrándole el abuelo a través del compromiso de ayuda que se establece con el trabajo de Juana la loca, que no está en posesión de la verdad. Esta humildad por parte del abuelo en la transmisión de sus conocimientos y su cariño, hacen que acabe siendo el héroe de Álvaro, alguien del que es imposible prescindir el resto de su vida.

Históricamente ¿Qué es más exacto para usted? ¿Juana la Loca o Juana la desdichada?

La Desdichada, sin lugar a dudas. Nadie es capaz de resurgir de ese tremendo mundo que se le trazó. Joven, lejos de todo lo que amaba, un marido infiel al que adoraba, unos hijos a los que no podía ver, la responsabilidad de una corona que no quería asumir y 50 años de encierro. ¿Quién sobrevive sin volverse loca?

Usted hasta ahora ha escrito poesía y relato corto. Ésta es su primera novela que ve la luz, ¿Se siente satisfecha del resultado?

Estoy muy satisfecha porque efectivamente es mi primera novela y ha tenido muy buena acogida. Bien es verdad que mi primera sorpresa fue la novela en sí, ya que cuando comencé a escribirla no tenía ni idea de que el resultado me satisficiera tanto. Además, he tenido suerte con la publicación, a pesar de que su distribución no esté siendo del todo satisfactoria. Estoy muy agradecida a Juan García Montero y a su editorial por confiar en mí y en mis escritos y muy agradecida igualmente a todos ustedes, lectores que la leen y la ensalzan. Gracias a todos.

¿Está escribiendo algo en este momento?

Sí, yo no dejo de escribir en ningún momento ni lugar. Siempre hay algo en la vida para ser llevado puntualmente a un papel. Sigo escribiendo mi último poemario, terminando un proyecto de cuentos eróticos y trabajando con mi segunda novela de esta colección iniciada con Juana. Además estoy inmersa en la organización de actos culturales que realiza el grupo Ficciones al que pertenezco.

¿Dejaría Vd. todo lo alcanzado y por alcanzar por la Literatura?

¡Ojalá pudiera hacerlo! Doy gracias a Dios por tener el trabajo que tengo, pero a pesar de todos los esfuerzos que he tenido que realizar para llegar hasta aquí, no dudaría ni un momento en abandonarlo todo para poder dedicarme a la Literatura por entero.

Son las ilusiones de E.V.V. ¿Cree Vd que los mayores tienen derecho a llevar su vida, a planificar sus propios proyectos, sus propias ilusiones? ¿Qué cree usted que pueden hacer a su edad?

¿Me pregunta usted realmente qué pueden hacer a su edad? ¡TODO! ¡ Absolutamente todo! Creo que el ser mayor es un bien que todos temen pero que pocos tienen la lucidez suficiente para verlo tal y como es. Es un momento en que todas las obligaciones han desaparecido, dejando libre al "yo" que permaneció oculto durante toda una vida por obligaciones adquiridas, por amor a los que les rodeaban. Es un momento en el que el conocimiento de lo bueno y lo malo de la misma vida permite tomarla como tal, pudiendo disfrutarla en todas sus más extensas facetas, sea amor, alegría, ilusión por tantas cosas que están pendientes de hacer.

Gracias Eva
A usted por esta entrevista.

* Para ver más críticas acerca de la obra de la  autora, entrar en el apartado de critica en el menú principal.

FRAGMENTO DE LA OBRA

Dedicatoria:  "Para mi hija Irene, mágica compañera de mi vida"


« ... Borbotea la vida como en una
redoma inmensa y yo la miro, inmóvil
abrazado al cristal, externo, y nada
me da de su calor... »

Rafael Guillén
(Los Alrededores del tiempo)
CAPÍTULO 1

Cuando a veces me siento solo en casa, busco en mis recuerdos la figura de un Álvaro que el espejo hoy no encuentra. Las canas han cubierto ya mi sien y mi piel dibuja lentamente los surcos de las huellas que marca el tiempo. Cierro entonces mis ojos, hago un espacio a mi infancia e imagino a mis seres más queridos, aquellos que, sin saberlo, perfilaron el resto de mi camino incierto.


– Este niño no tiene remedio, no hay forma de que dé las buenas noches, ni los buenos días. Tanto dinero gastado en educación, para nada.

– Álvaro, te he dicho mil veces que después de levantarse dice uno “buenos días”. Y da la enhorabuena al abuelo. ¿Sabes que se ha matriculado en la Universidad?

¡Y se queda tan tranquila!

– Espera, mamá, relájate. A ver... querrás decir que el viejo se ha apuntado para hacer el Graduado Escolar, ¿no?

– No llames así a tu abuelo. Un día voy a perder la paciencia y ya verás. Pero sí, has oído bien, tu abuelo se ha matriculado en el Aula de Mayores de la Universidad.

¡Que se pare el mundo, por favor! ¡Que nadie se mueva! ¿Voy o vengo? ¡Mi abuelo en la Universidad! No hay derecho. Para entrar en la Universidad yo tengo que pasarlas canutas durante un montón de años, aguantar a profesores increíblemente plastas hablando de chorradas que no me interesan y va él y, sin tener idea de nada ni haber abierto un libro en su vida... ¡zás! ¡A la Universidad¡ Esta vida es injusta ¡Vaya enchufazo que debe tener el caballero! ¡Qué vergüenza, colega! ¡Si tiene 69 años!, ¡69 años nada menos!

A todo el mundo le encantó la idea, pero yo pensé que el abuelo estaba chocheando. Pobre abuelo, aquella debía de ser señal inequívoca de que su cerebro andaba preparándose para ir del todo al otro barrio; pero,
si lo pensaba bien, no era tan malo que ya pronto no fuese a estar con nosotros. Al fin y al cabo, todo en casa se volvían regañinas por su culpa. Me terminé el desayuno y, sin cruzar palabra ni mirarle, me fui a clase.

Pasé todo el día pensando en el asunto. De pronto, vi algo de lógica en su decisión. Tal vez mi abuelo no era sólo un viejo chocho como yo pensaba... era más grave la cosa, mucho peor. ¡Estaba como una cabra! Sin embargo, me gustaba la idea de tener otro estudiante en casa; además, ahora me podría vengar de sus reprimendas cuando le dieran un suspenso. ¡Ahá!

Ésa será la mía, pensé. Él no ha estudiado en su vida y sabe menos que yo. Ésa era la clave, así que empecé a sentir unas ganas terribles de hacerlo todo bien; debía convertirme en el número uno ante mis padres. Así, además, conseguiría que él me admirara y supiera de una vez con quién se jugaba los cuartos. Me puse manos a la obra y, por amor propio, empecé a cambiar.

Pasó todo un año, y nuestra relación empezó a normalizarse. Lógico. Mi abuelo, cada dos por tres, me pedía ayuda para hacer sus deberes. Eso me gustaba, me hacía sentir importante y, sobre todo, superior.

Llegó el año siguiente y, sin apenas darme cuenta, empezamos a contar el uno con el otro, ¡con la lógica diferencia, claro! ¡Él nunca podría estar a mi altura cuando de estudios se hablaba! ¡Yo era el profesor! Sin embargo, un buen día ocurrió algo que cambiaría el significado de nuestras relaciones para siempre.

A mi abuelo le mandaron hacer un trabajo para exponerlo en clase. ¡Vaya! Eso sí que era un palo para él, pensé. Me extrañó el hecho de que empezara a redactarlo sin mí. “Que se muera tonto”, pensé; ya llegaría el momento en que mi ayuda le resultase imprescindible. Aunque la verdad es que me tenía intrigado. Lo veía ir cada dos por tres a la biblioteca de la Facultad para sacar libros, y se pasaba el día entero metido en su habitación leyendo y escribiendo. Él decía que debía documentarse (ya sabéis... investigar sobre algo para, después, escribir con conocimiento de causa, para no meter la pata y exponer las ideas con cierto sentido y veracidad). Era un trabajo aburrido y plasta de esos que tanto odio. Se trataba de una mujer a la que llamaban Juana la loca. Yo no había oído nunca hablar de ella y pensé... ¡claro! ¡De quién, si no, podía hacer un trabajo el loco de mi abuelo! ¡Eso es que le han visto la cara y se han dicho: “¡éste para Emilio, que le va como anillo al dedo, bien!”. Ya veremos por dónde sale.

Cierto día, nada más levantarme, el abuelo me llamó y me dijo:

– Hijo, necesito que leas lo que llevo escrito de mi trabajo para que me corrijas las faltas de ortografía y la redacción. ¿Puedes?

– ¡Din! Palabras mágicas. ¿Cómo no? Me encantaba hacer ese tipo de trabajo porque me recordaba mi nuevo “status académico”; cogí los folios y... ¡horror! ¡vaya tocho! Pero... en fin... qué íbamos a hacerle. Me encaminé hacia mi cuarto para zambullirme en el arduo trabajo de asesor y crítico literario ¡Qué bien suena! Abrí los folios y vi los primeros síntomas de locura de mi abuelo, lo había titulado: JUANA LA DESDICHADA. ¡Ya empezamos con los desvaríos! ¿No era la loca? En principio me pareció un delirio de vejete, pero enseguida afloró mi papel de erudito y seguí leyendo aquellas páginas como si de El Quijote se tratara, con mi sentido crítico bien aguzado y de tal forma que, sin darme cuenta, me vi inmerso en una historia realmente fascinante. Fascinante, alucinante y muy triste.

» Juana de Castilla nació en Toledo, el 6 de octubre de 1479. Fue la segunda hija (y la más bella), que tuvieron los Reyes Católicos, Isabel y Fernando. Heredó dos coronas: la de Castilla y la de Aragón.

– ¡Altoooooooo! ¿Si era la segunda hija de los Reyes Católicos, por qué heredó las coronas? ¿No hereda siempre el primogénito?

– Abueloooooo. Ven rápido que no entiendo esto.

– Dime.

– ¿Por qué hereda Juana las coronas si tiene hermanos mayores?

– Verás. Empecemos por el principio, ¿sí?

– Vale.

– ¿Sabes quiénes eran los Reyes Católicos?

– Sí, claro, los que conquistaron Granada y expulsaron a los moros de aquí.

– Bastante chabacana tu explicación, pero sí, algo así. En efecto, Granada fue el último reino que conquistaron. En ese momento, Granada era la capital del antiguo reino nazarí. Por cierto, ¿Sabes que el centro de Granada era el barrio de El Albaycín?

– ¿De verdad? ¡Toma ya! ¡Verás cuando se lo diga al chulo de José Luis, que siempre está haciéndose el importante porque vive en la calle Ganivet!

– Álvaro, haz el favor de no desvariar. Sigamos.

– Como quieras.

– Pues bien, los Reyes Católicos, que como ya sabes eran Isabel I de Castilla y Fernando V de Aragón... aunque... un inciso, Álvaro.

Era la primera vez que mi abuelo pronunciaba mi nombre en tono de confidencialidad, de camaradería, y me gustó.

– ¿Sabes por qué se les llamaba los Reyes Católicos?

– Claro, porque eran reyes y porque trataron a toda costa de imponer la religión católica en los territorios que conquistaban.

– No exactamente, Álvaro. Fue el Papa Alejandro VI quien dio el título honorario de “El Católico” a Fernando cuando este alcanzó su cima de poder como rey, a los 50 años de edad.

– ¡Ah! Pero fueron ellos los que instituyeron la Inquisición para condenar a todo aquél que no quisiera ser católico ¿no?

– Así es. También intentaron acabar con la cultura nazarí, mediante estrictas órdenes dadas al Cardenal Cisneros para la quema de miles de libros y manuscritos árabes, hoy irrecuperables, que ardieron en febrero de 1502 en una gran hoguera que se montó en la Plaza de Bib-Rambla. Ten en cuenta que aquellos libros eran documentos de incalculable valor para conocer nuestra cultura.

Yo no entendía bien por qué mi abuelo decía que era un golpe el que quemaran tantos libros. ¡Ojalá hubiera vivido yo en esa época y hubiera podido tirar los míos también! De todas formas, empezaba a encontrarme cómodo con el tema que teníamos entre manos el viejo y yo.

– La suerte es que, hace muy poco, se han podido recuperar 22 manuscritos arábigo-granadinos desconocidos hasta la fecha. Los encontraron en la biblioteca secreta del Sacromonte, aquí en Granada.

– ¿Y eso es importante?

– Muy importante Álvaro, porque esos manuscritos pueden añadir datos de gran interés para conocer más la historia de nuestra tierra y de la gente que vivía aquí mucho antes que nosotros.

– Álvarooooooo. ¿Has hecho ya los deberes?

Cómo no iba a ser mi madre la que interrumpiera. Estoy hasta las narices.

– Siiiiiii mamáaaaa.

– ¿Seguro?

– Siiiiiii

– Pues cuando venga tu padre le diré que te los pregunte. ¿Estás seguro de que te sabes ya el examen de lengua que tienes mañana?

– Buenooo, sólo me queda repasarme las oraciones y hacer unos ejercicios.

– ¿Ves como no habías terminado? Como no tengas todo preparado dentro de una hora tendré que enfadarme contigo

– ¡Qué pesada!

– No llames a tu madre así, hijo. Termina lo tuyo primero, y luego seguimos. ¿De acuerdo?

– Vale. Ya lo termino.


 CAPÍTULO 3

Esa noche fue muy rara. Seguramente ocurrió por la historia que me contó el abuelo sobre los destierros, los señores feudales y demás. El caso es que veréis lo que soñé.

Todo se desarrollaba en la época medieval. Vivía en un castillo inmenso. Yo era el rey y tenía una maravillosa corte de sirvientes a mis órdenes. Organicé una fiesta en honor a mi bella y joven esposa. Cumplía 16 años, una ocasión estupenda para el jolgorio. Pero... no me lo podía creer. Mi esposa, tan guapa, era Elena, una chica del instituto que me trae por la calle de la amargura; no tiene ni idea pero estoy totalmente colado por ella. Es mayor que yo, estudia segundo de bachillerato y es... ¡preciosa!... un auténtico derroche de belleza y gracia e inteligencia. Es más alta que yo, delgada, tiene unos ojos grandes de color caramelo, el pelo negro, muy largo, liso... jó... un pelo que reluce al sol como si fuera de terciopelo. Siempre que la encuentro por los pasillos va riendo o charlando, con los libros y la carpeta en los brazos, junto a su mejor amiga, Cheli, una estúpida y muy engreída que se cree la más fantástica del instituto, una plasta que además de pija es más fea que la sonrisa de un escarabajo. ¡Uajjj! ¡No la soporto! La odio, aunque en el fondo creo que lo mío no es más que envidia por no poder estar siempre junto a Elena, como ella. Cuando paso al lado de Elena me vuelvo imbécil, no existo, me paralizo, parezco bobo, pero no puedo evitarlo, y el caso es que me da pánico pensar que pueda darse cuenta algún día de que estoy loquito por ella. Cuando la veo sonreír, me muero de ganas de besarla. Manolo, mi mejor amigo, dice que no es para tanto y que, además, su sonrisa es postiza porque el año pasado llevaba braquers. La verdad es que un dinerillo sí que habrá costado la ortodoncia a sus padres, pero eso qué importa ahora, lo realmente importante es el resultado y, ¡Mamma mía! ¡Qué resultado!

Bueno, como os iba diciendo, la fiesta estaba servida. Había invitado a toda la corte y a los reyes y mandamases amigos o aliados de mi reino. Y por primera vez en la historia de Perspich, –así se llamaban mis dominios- las puertas del castillo se abrían para que el vulgo, la plebe, ya sabéis... la chusma, se unieran a la fiesta. En salas distintas a la nuestra, claro está.

El salón real era tan grande que no podía verse dónde acababan las paredes. Sólo se apreciaban a simple vista los diferentes escenarios dispuestos para los actos programados. En la zona más cercana a la puerta que comunicaba con los aposentos de invitados, en el ala derecha del castillo, se habían instalado las mesas para el banquete con objeto de que la servidumbre pudiera traerlo todo calentito y en su punto, sin que los manjares se enfriaran por el camino. Más allá, en la parte izquierda, se habían colocado muchos almohadones de seda bordados con hilo de oro, inmensos, de colores muy vivos -rojos, verdes, azules, morados y amarillos-. Los almohadones estaban dispuestos en el suelo, de tal forma que todo el que quisiera, pudiese contemplar cómodamente sentado, o mejor dicho, plácidamente absorbidos por los mullidos almohadones, el gran espectáculo que habían preparado mis ensoñados visires como continuación de la abundante y suculenta cena. La función consistía en un montón de pasatiempos, canciones populares cantadas por trovadores venidos de muy lejos, acompañados de instrumentos medievales como cítaras, vihuelas, violas, laúdes y hasta una maravillosa guitarra morisca; bailarinas esculturales con su hipnótica danza del vientre, bufones dando tretas, malabaristas lanzando y haciendo girar en el aire hasta 7 pelotas o aros a la vez, hombres que engullían grandes bolas de fuego y expulsaban llamaradas por la boca, enanos que simulaban estar muy enfadados entre sí y que se golpeaban torpemente para hacer reír a la concurrencia...

La parte derecha quedaba dividida en dos mitades muy distintas en tamaño y decoración, una pequeña y acogedora cuyas paredes habían sido adornadas con exquisitas telas traídas de oriente y que era el lugar destinado a la orquesta que amenizaría el baile, y el resto totalmente libre para poder bailar a “nuestras anchas”.

El sitio que destinaron para recibir a los invitados fue lo que más me gustó porque me hacía sentir muy superior e importante. Era la parte central de aquella enorme sala. Habían colocado una gran alfombra roja que unía la puerta de acceso a la sala y el trono real. Mi sitial se alzaba por encima del resto, sobre una gran tarima, también roja, que hacía resaltar más aún el oro de mi preciado y gran sillón. El trono de la reina, Elena, estaba a mi derecha, más pequeño, por supuesto –yo era el rey-, pero igual de suntuoso. A ambos lados de la alfombra estaban colocados, como si de un tablero de ajedrez se tratara, bonitas piezas que resultaron ser soldados engalanados, haciendo escolta con perros de presa adiestrados. Tan sólo había un animalito distinto a los demás, era el pequeño yorkshire terrier de la reina. Una mariconada de perro, pero a mi amorcito le gustaba.

El protocolo se cumplió a la perfección. La fiesta se desarrollaba tal y como esperábamos. Los invitados se divertían y la reina y yo éramos felices al ver que nosotros contribuíamos a ello. De pronto, ocurrió algo espantoso. Alguien, como salido de la nada, llegó hasta el trono de la reina, la besó apasionadamente mientras que ella, dichosa, se dejaba besar... y se marchó sin que pudiéramos hacer nada, ante la estupefacción de todos los presentes.

¡Detened a ese villano! –grité en cuanto hube recuperado la voz perdida-. En ese momento todo se volvió un desbarajuste. Los soldados de la escolta y los perros, ladrando feroces, intentaron ir tras el intruso, pero, por un instante, quedaron pegados al suelo, y al intentar liberarse cayeron todos a la vez. Algunos de los invitados empezaron a correr sin rumbo, gritando y alzando las manos al cielo, a los malabaristas se les cayeron los aros y demás artilugios, los enanos rodaron por el suelo, atropellándose unos a otros, y el perrito de la reina lanzaba ridículos ladridos que más bien parecían chillidos. ¡Un horror! El intruso huyó mientras reía a carcajadas, burlándose de cuantos habíamos presenciado la escena. Yo comencé a gritar. ¡Alcanzadle! ¡Divulgad por todo el reino que aquél que traiga ante mí al traidor, tendrá para sí cien hectáreas de la mejor tierra de labor, y lo eximiré del pago de impuestos para el resto de su vida. Aquellos fatídicos segundos bastaron para comprobar que la cara del traidor me era conocida.

En un instante quedó el palacio vacío y en silencio, sólo quedamos la reina y yo, mirándonos frente a frente sin saber qué hacer ni qué decir. De pronto, Elena se echó en mis brazos llorando, rogando mi perdón por no haber rechazado aquel absurdo e inesperado beso. Yo, sin escucharla, abandoné el lugar pidiendo a Dios que me otorgara serenidad para afrontar el momento, pues mi sincero deseo era atravesar el corazón de Elena con la primera espada que encontrase.

Estuve muchos días sin dirigir la palabra a Elena. La tristeza por lo que había sucedido, unida al sentimiento de impotencia por el vago recuerdo de aquel rostro conocido del intruso, me hacía arder por dentro. Su imagen aparecía fugazmente y, al instante, desaparecía. Así ocurría, una y otra vez, cada hora del día y de la noche, hasta que, por fin, una tarde, estando asomado a la ventana de mis aposentos, vi pasar a lo lejos un lugareño ataviado con ropas que no le correspondían ni por su clase ni por su condición. Abrí los ojos y reconocí la hermosa banda que mi amada llevaba al cuello la noche de la desdichada fiesta, atada al cinto de sus pantalones. Era él, el bellaco que osó rozar los labios de mi hermosa Elena. Salí corriendo, a voz en grito llamando a mis soldados y decretando muerte al traidor. Los soldados se armaron presurosos, esgrimieron espadas y montaron sus corceles en tan sólo un instante, y salieron a la captura del vasallo desleal.

Mandé llamar al brujo de la corte y a todos mis ministros, les hablé de la persona que, sospechaba, era el traidor, y urdimos un plan estratégico para encontrarle de inmediato, caso de que mis soldados fracasasen en el intento.

Mientras analizábamos los detalles para llevar a cabo el plan, el brujo establecía conjuros malignos y daba con la solución perfecta: un ungüento que debía usar la reina; si el traidor intentaba besarla de nuevo quedaría pegado a ella durante una hora, tiempo suficiente para capturarlo. Tras explicar a la reina con todo detalle nuestra idea, accedió a colaborar.

El plan resultó ser el siguiente: Una vez localizado el villano, la reina simularía un encuentro casual con él. Creyéndola sola y sin la protección de la guardia real, intentaría besarla nuevamente. Caería sin remedio en la trampa. Así se hizo y pasamos a la acción.

A primera hora de la tarde, la reina y su dama de compañía se adentraron en el bosque donde ya sabíamos que estaba localizado el intruso. Una vez ante él, la reina usó todas sus armas de seducción de tal manera que el pérfido traidor cayó en las redes de su propia ruindad y quedó pegado a los labios de la reina. Ya atrapado por la boca de mi dulce Elena, la guardia real, que andaba escondida al acecho, le prendió. La situación llegó a ser dolorosa y absurda: ante mí, un preso besaba durante toda una larga hora a mi esposa, y yo no podía hacer nada. El sentimiento de impotencia y de rabia se apoderaba de mí cada minuto con mayor intensidad. Al verle de cerca, mis ojos no daban crédito a lo que tenían delante: era Hastell, caudillo de Roberto III el Grande, rey de Fastme, uno de mis aliados. ¡Ahora comprendía por qué me había parecido familiar aquel rostro! Eso hacía el caso más grave y doloroso para mí, pues debía enfrentarme a una cuestión delicada que no había tenido en cuenta, cómo dar la noticia a mi buen amigo Roberto, contarle que había apresado y tenía intención de dar muerte a su hombre de confianza, sin que las relaciones entre nuestros reinos se vieran afectadas. Inmerso en mis pensamientos, se extinguió el poder del hechizo y, por tanto, el tormento de ver a Elena unida a otro hombre por un beso. El reo, atado de pies y manos, fue arrastrado hasta las mazmorras. Al amanecer sería juzgado por traición ante el gran tribunal de la corte que yo mismo presidiría.

Llegó el alba. Un nuevo día. Un día feliz para todos los habitantes de palacio puesto que íbamos a dar su merecido al intruso. Una vez reunido el gran tribunal en la sala de audiencias del castillo, hicimos traer al encausado y comenzó el juicio. El Tribunal estaba formado por los consejeros y ministros de la corte, que eran los que más influían en la decisión final. Se sentaban en el centro de la sala, usando bancas de madera dispuestas en forma de espiral; por otro lado, había una representación del pueblo, que asistía al juicio con voz pero sin voto y que vigilaba atenta desde una especie de gradas o palcos con forma de estrella de ocho puntas, porque ese era el número mágico de Perspich, sin asientos y situados por encima de nosotros. Del centro de la espiral se alzaban dos pivotes a modo de balcones que sobresalían medio metro del suelo. Dichos pivotes estaban destinados al reo y a su defensor. Ante la posibilidad de no saber qué ley debía aplicarse en un juicio, o de establecer sin duda la inocencia o culpabilidad del imputado, existía la figura del Pensador, encarnada por el sabio más viejo de Palacio; era la voz de la sabiduría y de la experiencia, y debía permanecer con la cara cubierta durante el proceso, hasta que se dictara sentencia.

El juicio fue rápido, pues, en cuanto el defensor del reo intentó abrir la boca, la muchedumbre empezó a gritar: ¡Matadle, matadle! Era justamente lo que mi corte y yo, sobre todo yo, queríamos oír. Todos estábamos de acuerdo en que para reparar la afrenta sólo había una alternativa: la muerte. Al objeto de dar lectura al veredicto final, saqué un gran pergamino, pero nada más extenderlo fui detenido por la voz del gran maestro, el Pensador. ¡Un momento!, dijo desde su asiento, el más elevado de la sala. ¿Habéis pensado en el mal que se cernirá sobre nuestras cabezas? Todos sabemos que el acusado no es un hombre cualquiera, es Hastell, caudillo de Roberto III el Grande, rey de Fastme, uno de nuestros más fieles aliados. ¿Qué pasará cuando llegue hasta el rey Roberto III la noticia de que su hombre de confianza ha sido muerto por el aliado, su amigo el rey Álvaro el Magnífico? Es posible que no crea la verdadera historia que ha llevado al cadalso a su fiel servidor, quizás piense que queremos traicionarlo, utilizando una mala treta para causarle un daño terrible. ¿Habéis pensado en lo que eso significaría para Perspich? Significaría la guerra, la muerte de miles de soldados, de mujeres y de niños inocentes... la destrucción de nuestro pueblo. Pensadlo bien, alteza, consejeros, legisladores, hombres y mujeres de bien, pensad antes de establecer un veredicto que puede acabar con nuestras propias vidas.

El silencio fue absoluto durante muchos minutos. De pronto se escuchó la voz de una mujer que exigía: ¡Fuera! ¡Desterradlo! ¡Desterradlo! “Sí, sí, ¡desterradlo!”, gritó el populacho. Entonces yo intervine:

-¿De verdad queréis su destierro?

-¡Sí, desterradlo!- volvieron a corear.

-Sabed que no hay pena peor que el destierro.

-¡Desterradlo!- insistían-, así su señor sabrá el mal que ha hecho, y el traidor pasará el resto de su vida trabajando para pagar el daño causado.

-Buena opción- añadió el Pensador-. El rey Roberto III quedará tranquilo, sabrá que no ha sido traicionado por sus amigos, sentirá vergüenza de su, hasta entonces, caudillo, y Perspich estará a salvo. Dictad pues, alteza, el veredicto final. Y que así se haga.

En aquel momento, el viejo sabio descubrió su rostro, y ¡Dios mío! ¡Era mi abuelo! ¡El abuelo Emilio! Hice como si no me hubiera sorprendido y alcé mi voz mientras pronunciaba la sentencia:

-Yo, rey de Perspich, su Pensador, consejeros de la corte y el pueblo entero, te condenamos, Hastell, por la afrenta de un beso a la reina Elena, a la pena máxima: ¡El destierro! En virtud de esta sentencia, al atardecer saldrás de tu tierra, dejando bienes, mujer e hijos, y estarás condenado a vagar por tierras paganas y enemigas, ofreciendo a tu señor cualquier ofrenda que obtuvieres y lo reinos que conquistares. ¡Que así sea!

En ese momento sonó un estruendo de palmas y vítores al rey. ¡Viva Álvaro! ¡Viva el rey! Me volví hacia el sabio, quien sonreía y asentía. Comprendí que mi reino le debía la vida. Sin su consejo, hubiera llevado a mi pueblo a la destrucción.

Y así, entre vítores y aplausos, sonó el despertador.


CAPÍTULO 5

“Muy pronto empiezan a hacerse realidad las alianzas matrimoniales que había previsto Isabel la Católica con otros reyes, utilizando a sus hijos como estrategia política, a pesar de que eran casi unos niños. La enemiga Francia debía quedar aislada del resto de Europa; así pues, los Reyes Católicos empezaron aliándose con Portugal mediante el casamiento de su hija mayor, Isabel, con el príncipe Alfonso; pero él muere muy pronto y se establece un nuevo enlace matrimonial con el rey don Manuel O Venturoso, en 1495”


-Bien. Portugal bajo control. Bien pensado.

-Escuuuucha.

“Después, lograrían la alianza con la Casa de Austria casando a su hijo Juan con Margarita y a Juana con Felipe el Hermoso, ambos hijos del emperador Maximiliano I”.

-Perfecto. La zona de Europa Occidental, controlada. ¡Jó, qué cabeza!

-Cállate, hombre.

-Sólo faltaría controlar la zona inglesa y esto se lograría casando a su hija, la infanta Catalina, con el príncipe Arturo, pero surgieron imprevistos y aquella boda nunca tuvo lugar. Sin embargo, el Rey Católico preveía siempre alternativas para todo, y arregló la cuestión inglesa casando a Catalina con Enrique VIII en 1509, aunque, para forzar la alianza, tuvo que abandonar a su hija, a su triste suerte en la corte inglesa, durante ocho años”.

-Pobres niños. Y yo que siempre había fantaseado con ser vástago de familia aristocrática para que me compraran el Porche 911 nada más cumplir los dieciocho. Pues me quedo con el Tamagochi de Carla y con el Smart de mi madre. ¡Decidido!

-No es oro todo lo que reluce, hijo. No lo olvides. Como dice el refrán: «A grandes males, grandes remedios»

-Bueno... ya está todo controlado y... ¿ahora?

-Como podemos ver, el primer problema que tenía Juana era haber nacido mujer en una época como la que le tocó vivir, lo que afectó especialmente a su vida matrimonial. Hablamos de una sociedad en la que la estructura familiar era semejante a un pequeño reino donde el marido era monarca absoluto y la esposa su primera servidora. Así que imagina a Juana. A la vista de los lazos estrictamente políticos que unían a los esposos, podía ocurrir que en el transcurso de la convivencia surgiera el amor, como ocurrió entre Carlos V y con la emperatriz Isabel de Portugal, o lo contrario, más frecuente, que el marido se desentendiese de la esposa y se dedicara a otras correrías... ya me entiendes. Cuando se producía esta situación, ya digo que muy frecuente, la esposa legítima, abandonada, con muchos privilegios pero ningún poder ni capacidad de decisión, acababa por convertirse en una persona insoportable para todo el que la rodeaba, como le sucedió a Juana de Castilla.

-Infeliz...

-Al contraer matrimonio con Felipe el Hermoso, Juana era tan sólo una jovencita de apenas dieciséis años, guapa, culta y acostumbrada a estar entre el barullo, los juegos y las risas de sus hermanos, habituada a la luz de su pueblo castellano, el aire libre... y se vio obligada a abandonar todo lo que ella amaba por culpa de un matrimonio de conveniencia pactado por sus padres, y a embarcarse rumbo a las tierras lejanas de Flandes para reunirse con un futuro marido, al que ni siquiera había visto en un retrato”.

-¡Jolín! Sigue leyendo.

(...)

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Quién dijo que Eros no nació para Cristina
Estudio sobre el erotismo en la obra de Cristina Peri Rossi
UN TÍTULO PARA EROS
(Antología)
2005

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