Relatos y Microrrelatos

El Modisto



Ficha del libro:
Relatos eróticos, escritos por mujeres
© Eva Velázquez Valverde
Editorial: e-litterae
Colección: Los Afroditas
ISBN: 9788492808373
Núm. págs: 80
PVP en papel: 8,50 €
PVP ebook: 3,90 €

* Venta en las mejores librerías de todo el mundo y si lo preferís venta online serán: Amazon, El corte Inglés, Casa del libro y Agapea.

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Escritoras que intervienen: Inés Mataix, Eva Mª Velázquez Valverde, Luna Marcela Enciso Ortiz, Mª Coral Tello Guerrero, Judit Cecilia Blasco Rodríguez y Ana Cuevas Gómez.

Espero que os guste. Os dejo un avance de mi relato EL MODISTO:

"(...)
No hay nada más exultante que un pecho bonito bajo una camiseta mojada”, decía mi hermano Juan al ver las preciosas chicas jugando en sus calles. Yo siempre asentía y callaba ruborizado.

(...)

En ese momento se alzaba encaramada en un peldaño de madera que yo mismo había fabricado para las pruebas. Una firme atalaya cuya altura no era casual, sino cuidadosamente estudiada para que aquello que tanto me excitaba, quedara en su justa picota. Tomaba lentamente mis manos y las posaba liberado de todo recato sobre sus firmes y grandes pechos cuya dulzura y suave tacto imaginaba. Palmo a palmo me acaloraba e iba enarbolándome ante la cercanía de mis labios con sus senos....
(...)"




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Diligencias Previas
© Eva Velázquez Valverde
Antología de Microrrelatos de Amor
AMOR EN TABLETAS
Abril 2010




… Después, con la sonrisa puesta, abrí mi bolso, pinté mis labios y entré en casa. Hola cariño.


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MANJARES PARA LOS MONSTRUOS
© Eva Velázquez Valverde

Mayo 2010
Antología Microrrelatos



A mi monstruo lo alimento...
© Eva Velázquez Valverde

      Mi miedo miraba tus margaritas desde lejos: Sí, no, si, no. Tú las desgranabas mientras él te observaba imitando tus propios gestos y musitando tu voz como un eco.

      Yo me preguntaba por qué mi miedo se mantenía eternamente alejado de la escena y se negaba a ayudar en el esclarecimiento, a separar lo bonito de lo incierto.

      Cuando te ibas, luego a solas, le increpaba: “Debes ser educado y coger la margarita que te brindan. ¿Cómo te lo tengo que decir? No me gustan los miedos que se alejan de los que tienen detalles con ellos. Me saliste un miedo tonto, estúpido y mimado y ya estoy harta de que me dejes en vergüenza. La próxima vez que ella te dé algo y tú te alejes, te llevaré a un internado, a ver si las monjitas pueden hacer de ti un miedo en condiciones, como los que tiene todo el mundo, sin aspavientos ni miserias.”

      Al día siguiente, de nuevo mi puerta se abrió ante ella y, con su sempiterna sonrisa, volvió a acercarle aquella flor amariblanca a mi miedo. Él mostrándose educado, la tomó dulcemente entre sus dedos índice y pulgar, y dio las gracias con esmero. Huélela, verás que rico aroma desprende -repuso ella-. Él, obediente, la acercó a su nariz, inspiró, y de súbito, tuve que llamar a urgencias.

Yo desconocía sus alergias.

© Eva Velázquez Valverde

_____Fin_____


NUNCA DESPUÉS DE LA MUERTE 

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© Eva Velázquez Valverde
(A mi padre)

Primer premio de Relato Corto del Certamen Nacional de Facultad de Farmacia, Universidad de Granada, 2004 y publicado en la Revista Extramuros en 2006. 



Estresada y abatida atravieso el inmenso quicio de un pasillo incierto que me espera. Mi joven figura, escondida bajo un ridículo uniforme, me hace no pasar desapercibida. Ahora, el tiempo late con incesante anhelo y yo, en vano, intento arrancarle cada segundo de su estúpido derroche.

Plena de esperanza dejo atrás mi andar cansado. Me detengo frente a decenas de personas que impávidas, agolpadas, esperan la llegada de un ascensor sombrío, lento, maloliente, que hace de puente entre el dolor y la vida. En medio, unos pisos de esperanza. Observo y alzo el vuelo a una escalera que me engulle e intento salvar cuatro pisos hacia una habitación que, paciente, espera mi llegada. Cada peldaño, parece haber crecido desde ayer. Debo dejar de fumar. Sí, mañana dejaré de fumar – me repito una y otra vez.

Un letrero me informa y me detiene: Segunda planta. Sin excusa, apoyo mi mano en la baranda y me detengo para recobrar el aliento. Al reiniciar mi ascenso, tropiezo con la afligida sonrisa de una bella anciana. Buenos días, Doña María. ¿Todo bien? Todo igual, hija. Mi marido ha pasado mala noche, en cambio, tu padre ha dormido varias horas de un tirón. Hace un ratito que se fue tu madre a descansar y he aprovechado que duerme mi Eduardo para salir a tomar algo calentito. ¡Ay! ¡Si Dios me hubiera dado una hija..., otro gallo me cantaría! Vaya, Doña María. Váyase tranquila que ya me ocupo yo de vigilarles hasta que usted vuelva. Muchas gracias, prenda. Dios te lo pague.

Tirando a golpes de sus piernas, desaparece.

Intento aminorar mi marcha. Ahora sé que papá está mejor y eso es lo que importa. Sin embargo no consigo acortar mis pasos. Ha sido una jornada intensa, pero mi corazón no entiende de cansancio. Mi ansia por verle aumenta. Algo me avisa de que el tiempo a su lado será corto y quiero aprovechar cada instante que me queda. Tiempo. Necesito sólo un poco de tiempo más para remediar el desacierto. Una lucha interna se me cuece desde lejos. Una dura lucha por no mostrar mis sentimientos. Tanta vida compartida, tanto agradecimiento y tanto escondido adentro.

Mis pensamientos rastrean los recuerdos de mi mente. Preguntas que yo misma me contesto aunque no siempre me gusta la respuesta. Un buen marido. Sí, tan bueno que pasé años enteros preguntándome qué lugar ocupaban los hijos en su vida, si realmente nos quería. Fueron años difíciles de absurda incomprensión que jamás le perdoné. Riñas y más riñas. Difícil papel el de primogénita. Yo intentaba dar a mis hermanos el cariño que nos faltaba, olvidando que yo aun era una niña. La empatía nunca fue su mayor virtud y lo odiaba por ello. Era tan difícil llegar a él.

Han pasado los años y ahora sólo importa que él, con su eterna juventud, se está muriendo; que cada uno es como es, que toda actuación tiene un ayer que provoca la actuación irremediable y que no siempre es la acertada. Papá también tuvo la suya. Esa era justamente la clave para poder entender a mi padre. Mis monjas decían: “cuando hay amor, hay perdón”. Es cierto, aunque nunca supe muy bien por qué. Hoy no me lo cuestiono, quizá porque ahora soy madre y los ojos se abren a unos horizontes distintos, plenos, capaces de abarcar todo un mundo que antes permaneció eternamente oculto. Lo he sabido precisamente hoy, cuando siento que se me va el más vital de mis pilares. ¿Dónde quedaron las riñas y los reproches? ¿Dónde las insatisfacciones de un pasado? Tan sólo virtudes golpean mi estúpida mente. Leal, honesto, infatigable, amigo de sus grandes amigos. Alegre, cariñoso, sincero, hogareño y celoso de sus propiedades, entre las cuales nos encontramos todos, y sobre todos, mi madre. No puedo contener mis lágrimas y sigo subiendo.

Dicen que cuando te mueres ves pasar tu vida en tan sólo un instante. Yo no estoy muerta e igualmente viene a mi mente. Yo no me muero. O tal vez sea que también me estoy muriendo. Cuando éramos pequeños, nos mirábamos y reíamos escondidos, los hermanos, al verle llamar a mi abuela de usted con un respeto exacerbado. Ignorábamos que era la guerra civil la que hablaba por su boca. Presumía diciendo: ‘tu abuelo –se refería a su padre–, fue condecorado en repetidas ocasiones, debéis saber que obtuvo la “medalla al valor” y fue nombrado héroe de guerra en la contienda cubana’. Aquello debía de ser muy importante por lo serio que se ponía, pero nosotros no entendíamos muy bien lo que decía. ¿Cómo entender si ni siquiera sabíamos el significado de contienda? Al crecer supe a lo que se refería, mas pensé que eran fantasías suyas. El tiempo me quitó la razón. Realmente era cierto. Después de investigar, conocí la historia real de mi abuelo condecorado y me fascinó. A vuelta de Cuba, ya mermada su salud por la huella de aquella guerra en la que para sobrevivir debían de beber orín de los caballos para no morir de sed, mi abuelo contrajo matrimonio con la que fuera su gran amor, Ana, una preciosa joven de 16 años. Ocho hijos fueron el fruto de su pasión, aunque sólo seis sobrevivieron a los desastres de nuestra guerra civil. Mi padre era el menor.

El abuelo falleció cuando papá tenía tan sólo 3 años de edad y la abuela, entrada la posguerra, creyó imprescindible encerrarlo entre faldones negros de los Padres Jesuitas para que no sufrir las desgracias de su tiempo. Aquellos sacerdotes lograron imprimir en él la exquisitez de su comportamiento. Pero no, Dios no quiso que tomara los hábitos y abandonó la sotana antes de que fuese demasiado tarde. Ahora lo recuerdo contándonos aquellas historias que eran suyas: cómo se subían las sotanas para correr detrás de la niñas o se escondían en un portal para fumar cualquier cigarrillo prestado. Mis hermanos y yo le escuchábamos atónitos, porque también nosotros estábamos siendo educados entre las paredes de un convento. Tras su internado, papá volvió a casa cambiando rezos, libros, urbanidad y misales, por un revuelo de faldas que, entre risas y más risas, tejieron su juventud en el taller de costura de mis tías, Amor y Esperanza.

Creo que su decisión no fue acertada. Siendo joven, muy joven, tras engaños y promesas, se hizo cargo del negocio que montaron dos de sus hermanos mayores: una fábrica de caramelos y otra de carne de membrillo. Una empresa en la que su alma se hizo vieja a golpes de desilusiones y falsas esperanzas. ¿Su verdadera ilusión?: ser pintor impresionista. Era admirable su capacidad para arrancar de un simple trazo todo un mundo de belleza. ¿Su pasión?: la música clásica y caminar por las preciosas sendas de Sierra Nevada ¿Su sueño?: vivir y morir cogido de la mano de mi madre. ¿Su realidad?: una cruda realidad que le amargaba... dispensar lo fabricado en la pequeña tienda que, gracias a sus manos, se hizo grande, muy grande y con la que todo el mundo se hizo rico, excepto él que trabajaba. Así vio, día a día, hacer fortuna a sus hermanos mientras que en mi casa, hubo que necesitar la ayuda de mi madre para salir adelante. Su desgraciada infancia y, más tarde, su desafortunado andar, le marcó un carácter de persona desconfiada, frustrada, incapacitándole de por vida para disfrutar de los buenos momentos compartidos, de tantas personas que le queremos, de tantos “te quiero “ que quedaron en el camino, aunque no en el olvido. De súbito me vienen instantes en los que intenté decírselo, esos mismos momentos que mis palabras quedaron dentro.

Por fin llego al final de mi travesía. Enfilo el largo pasillo atormentada por la idea de la muerte. Mientras recorro el interminable túnel aséptico, mi memoria camina por momentos entrañables en compañía de aquellos que siento míos. Sones de música que huelen a juventud y deseo. Sensaciones envueltas en un halo de añoranza, risas infantiles que hoy son universitarias. Llantos por ausentes pisadas en aquellos días y que hoy llenan toda mi vida. Humo escondido. Inocentes juegos callejeros huyendo de la mirada de cualquier vecina, chivata de aburrida. Tantas y tantas cosas... que ayer fueron ilusión y hoy no son más que recuerdo en el olvido.

Absorta en mi memoria continúo mi camino apenas sin percibir que existe todo un mundo indeleble, penosamente perceptible, que me acordona; un ente inquisidor de fantasías.

Un maldito choque fortuito me hace salir del éxtasis. Disculpe –musito. No hay de qué –me responde una voz dificultosamente sonora.

Con tristeza compruebo cómo el hospital engulle a todo aquel que se le acerca. Nos vuelve zombis en el centro de la vida y, sin apenas darnos cuenta, nos convierte en juguetes del destino, ajenos a nosotros mismos.

Final del trayecto. Frente a frente, la habitación de papá. Paralizada detengo mis pasos un momento más, apenas un instante. Compruebo su estado tras el cristal antes de entrar. Duerme. Con mucho cuidado para no interrumpir su sueño, entro en la habitación. Saludo a su compañero con mi mano y la mejor de mis sonrisas. Como si él también estuviera de visita, como si, a pesar de todo, el mundo esperase su regreso. Él sí está despierto. Me sitúo a los pies de papá para observarle. Su rostro ya no es el mismo, sus duras facciones de deportista han desaparecido para dar paso a unos rasgos frágiles que traslucen su dolor, impotencia y desazón. Su piel se esfumó y ahora era la de otro. En su lugar queda un cuerpo aceitunado, triste, tan inútil como mis ansias de verle sano. Nada es lo mismo excepto su precioso cabello negro contrastando impactante con su cuidada e intacta dentadura. Blancura dando paso a su sonrisa. Y recordé las bromas con mi madre, extraños gestos para que ella se riera. Siempre lo conseguía. Y les vi en casa, mirando la televisión cogidos de la mano, gastando sus eternas bromas: Gorda, ¿a que soy guapo? Mi madre, enamorada, repetía: Estás loco. Cuarenta años unidos. Cuarenta años y, en mí, una sola pregunta. Cómo sobrevivir al desastre del amor. Mi matrimonio tan sólo duró un suspiro y, tras él, una continua vida de agonía. A pesar de todo, sigue siendo un hombre guapo – pensé. Voces, risas, imágenes, olores, sensaciones, recuerdos..., momentos que no han de volver. Cierro los ojos y me revelo.

Inmersa en mis pensamientos, noto que su mano comienza a moverse, la tomo entre las mías y la acaricio con todo el amor que jamás supe mostrarle. Su mano tampoco es la misma, sigue siendo bonita, pero ahora es delgada y ha perdido su sello de fuerza. Al notar mi caricia despierta de su sueño. Me mira lentamente y me sonríe. ¿Ya estás aquí? ¿Ya has terminado tu trabajo? ¿Y la chica? –se refiere a mi hija, su única nieta–. La chica está bien, papá. Pregunta mucho por ti y te manda miles de besos. Quiere que vuelvas pronto porque te echa mucho de menos. ¡Qué bonica es! –dice con nostalgia.

Las mismas preguntas... las mismas respuestas. Él aprieta mi mano, yo beso su frente. Él sonríe. Yo también lo hago... mientras lloro por dentro. Tal vez, él también lo esté haciendo. Siempre igual. Un día y otro día. ¿Mamá se ha ido? Sí, acaba de marcharse a descansar un rato, pero volverá enseguida. Se queda pensativo. Tiene miedo a estar sin ella. Cuando ahora los veo tan tristes... Ellos, que siempre fueron la estampa real de la felicidad y la alegría, me deshago.

La enfermera entra para traerles el almuerzo. Apoyo su mano en mi brazo para ayudarle a incorporarse. A duras penas logro acercarlo hasta el asiento. Una vez allí, despacio y con todo mi amor en la cuchara, le ayudo a introducir cada sorbo de sopa en su boca. Muero de pena al saber que se va y no puedo hacerle llegar el ‘te quiero’ que, implacable, callo sin remedio. Sólo dos palabras para que comprenda que no pasa nada, que yo estoy allí para cuidarle, que siempre lo he querido y que, yo, también he tenido la carencia de su “te quiero” en mi vida. Y.... que tal vez algún día sea tarde, porque nunca después de la muerte se puede decir ‘te quiero’. Convencerlo de que todo ha valido la pena y de que el vacío se llena tan sólo con su nombre. ¿Papá, ¿te encuentras mejor? ¿Quieres que te ayude a sentarte un ratito en el sillón? Gracias hija, no sé ya dónde ponerme. Me duele todo.

Una vez sentado, me agacho, le beso la mano y nuestros ojos se funden por un segundo. Era una mirada de agradecimiento, de ‘todo ha valido la pena’, y de... ‘no sé por cuánto tiempo’. Supe entonces que había llegado la hora, que tal vez la vida no me brindara otra ocasión y que, efectivamente, nunca después de la muerte se puede oír un ‘te quiero’. Acaricio de nuevo su mano, respiro y le digo: ¿Papá, ¿sabes que te quiero? Él me mira fijamente, cierra sus ojos, sonríe, los abre de nuevo envueltos en lágrimas y, al fin, contesta: Lo sé hija. Yo también te quiero.

Devolví la sonrisa, lo abracé y asido a mi mano se quedó dormido en el silencio.








Espíritu de un sueño
(Relato erótico) 
© Eva Velázquez Valverde

Primer premio de Relato Erótico. Concurso de Relatos RNE. Granada, 2001
 

¿Recuerdas aquel día? Llovía en mi barrio y de pronto de vi. Corrías entre paraguas y taxis alocados dirigiendo cabezas anónimas mientras yo permanecía fundida en el asfalto y recorría tu imagen sin poder quitar mis pupilas de ti. Contemplaba tu pelo empapado mecido por el viento,  recordé nuestro último amanecer olvidado, tu último beso y el olor de tu piel. Cerré mis ojos para seguir soñando con aquel día y -no me preguntes por qué- sin abrirlos siquiera supe que estabas quieto, mirándome,  inmovil frente a mí.
Tus ojos añorantes miraban los míos, temblabas de soledad, de ternura, de miedo, de deseo. El aire, que hasta entonces fue mi amante, nos miraba quietos por no romper la imagen. Habían pasado muchos meses con sus días y sus horas, con minutos ciegos de nostalgia, con instantes plenos de ansiedad por ver de nuevo aquellos ojos, por hacerme entera con tu boca y bañar mis labios con tu amor.

Tu cuerpo sinuoso avanzaba y yo me fui acercando hasta toparme con tu honor. Tomaste mi cara entre tus manos y sentí tu piel mía, tus labios sedosos y húmedos tocaron mis labios mientras tu boca se hizo dueña de mi boca hasta llegarme a enloquecer. Enervados por la pasión del momento decidimos subir al coche y enfilar hasta ese hotel más próximo.

Aún no había caído la tarde, mas nuestro amor no podía esperar la oscuridad de la noche, la confidencia de un lecho que hace años compartimos. Buscamos con la mirada al unísono un lugar donde escondernos y frente a nosotros divisamos un hostal de carretera: Hostal Don Juan, pare, este es su lugar. Al leer sonreí. Yo no te llevo allí -musitaste-. Da igual, sólo quiero estar contigo, no puedo esperar más. Aún sonaba el eco de tus palabras en mi oído y corrimos locos hacia el inmundo vacío de aquel hostal sin personalidad. Pediste una habitación con prisas mientras seguías besándome, tomaste alborotado la llave y nos dirigimos al tercer piso, una habitación pequeña y fea, un hogar improvisado donde nada importaba más que nuestro amor.

¿Cariño, recuerdas? Al entrar me abrazaste como nunca antes me abrazó nadie, ni siquera tú. ¡Deseaba tanto tenerte así, junto a mí, muy cerca! – dijiste -. Callé tu boca con mi dedo y mis ojos no dejaban de mirarte. Me parecía un milagro verte allí a un palmo de mi deseo, surgiendo vivo de entre mis sueños. Tu boca sonrió mirándome y rozó mi frente con sus labios. Sellaste con tiento mi boca y bajaste el calor hasta mi cuello, tu olor fue trazando senderos, repostando en cada anhelo. Mis pechos desnudos sintieron el mar, las olas y el viento, te sujeté suavemente el cabello para que no levantaras el vuelo. Sobraban las palabras porque era abundante el recuerdo.  Entendiste mi señal, te detuviste con el suave esmero de quien hace un alto en el camino para amamantar a un hijo, con todo el cariño de quien amortaja en su triste lecho al mejor amigo. Cerré de nuevo mis ojos y sentí el calor de mi pecho en tus labios, en tu boca entera, en tu deliciosa boca. Proseguiste dulcemente por rincones escondidos con la curiosidad del peregrino que indaga el mejor camino.

Mi cuerpo y yo éramos felices de tenerte, de sentirte nuestro. A cada beso tuyo mi piel era más piel y aun... más piel te reclamaba. A cada caricia tuya más caminos se abrían, más se alzaban tus senderos y más los míos se hundían. Eras diestro en la difícil danza del amor y en sólo un instante mis rodillas, enemigas entre sí, buscaron al unísono el mismo sol para dejar así vía libre a tu pasión. El baile continuó fundiéndonos al son de un ritmo armonioso, creciente de puro amor. Me amabas y te amé; y terminaste de amarme y volvió el amor… para seguir amándonos tantas veces como Dios nos permitió.

Más tarde, recobrando la lucidez perdida e inmersa en la absoluta calma que deja una tempestad de amor, quedé dormida en tu pecho reposando mi mano en tu vientre y pensando qué sería de nosotros dos.

¡Qué dulce es tu sabor! Te recuerdo mentiroso. Como siempre, me decías que el futuro era tan sólo nuestro y lo llenabas de falsas notas armoniosas con sabor a ilusión. Aún entonces nos mecía la suave brisa que deja al bailar una diosa abrazada a su mismo dios.

¡Cómo me gustan tus manos, amor! Todavía me parece oler el encanto de mi propia quiera tantas veces mantenida a golpes de sueño, de un posible latido de tu corazón en mi pecho, un latido que hace tan solo unas horas mis manos adormecieron. Me resisto a creer que te hayas ido. Ahora, al sentirte dormido, preciso apagar mis ojos para poder mirar los tuyos. Abrázame, necesito seguir sintiendo el efímero calor de tu piel teñida en grana. No temas.

Sigue durmiendo mi amor que yo velaré contigo.

(Se oye un callado beso y, tras él, lentamente, descolgar un teléfono)

¿Policía? Soy Natalia Megías. Acabo de matar a mi amante. ¡Vengan por favor!


(Primer premio de Relato Erótico en Concurso de Relatos convocado por RNE. Granada, 2001)

© Eva Velázquez Valverde

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La Entrevista
© Eva Velázquez Valverde

¿Me perdona un momento?, enseguida estoy con Vd. Ella le miró y se limitó a sonreír con intachable mueca femenina.

Era un hombre apuesto, de estatura media y mediana edad. Su cabello era cano y su hegemónica nariz servía de atalaya a unos ojos sin duda hermosos que, bajo un velo de tristeza, no escondían su súbito interés por Paula. Su voz, firme y armoniosa, como tarjeta de presentación única e intransferible, transformó los nervios de la candidata en una inaudita y singular tranquilidad.

Era verano, hacía calor. Una música envolvía el recinto y lo transformaba, de forma inconcebible, en un agradable hábitat laboral. Al poco rato la puerta volvió a abrirse y dejó escapar nuevamente aquella voz, para desaparecer de súbito. Ella, al oírla, sonrió en silencio recordando que en la imagen fugaz de aquel hombre no cabía la duda del sexo, tampoco en su vestir. La estúpida puerta empezaba a ponerla nerviosa. Para tranquilizarse y recuperar la calma, decidió compilar en su memoria los datos obtenidos sobre su hallado personaje y curiosamente comprobó que la ansiedad no se la provocaba el interés por la entrevista, sabía que era la mejor profesional para el puesto ofertado, sino su inquietud por conocer a tan inesperado sujeto, por saber algo más de él.

El compás de un reloj colgado en la pared, marcó diez minutos más de espera. Paula, lentamente, se levantó y tomó camino para un brevísimo paseo por el pasillo contiguo. Se detuvo frente a unos óleos que pendían de la pared. Observó que en la parte inferior de uno de ellos habían colocado una pequeñita placa con una dedicatoria: Al señor Medina por su buen hacer. Televa. SA. 2003. Regresó su mirada a la pintura. Quién será ese Medina. No está mal el cuadro. El ansiado sonido de abrir la inquieta puerta, la sacó de su ensimismamiento. Habían sido los diez minutos más largos de su inestable vida. Quiere pasar, por favor. Como no.

La idea de no ser filtrada por alguna estereotipada señorita, y que fuera él mismo quien hiciera pasar a las candidatas, le pareció una falta total de arrogancia que denotaba la absoluta sencillez del recién conocido. La curiosidad por adentrarse en él iba creciendo en Paula. Disculpe el retraso. Mi nombre es Ignacio Lera, Director adjunto de TELEVA, SA, decía mientras apretaba su mano y, de manera cortés, le ofrecía el asiento de confidente.

Paula observó que su despacho estaba en la línea de pulcritud que emanaba de la empresa; sin embargo, había algo que, sin ver los demás, jamás podrían tener el resto de los despachos; era su olor; un olor penetrante y fresco, mezcla sin duda de un intachable aseo y de un sublime perfume de marca. Cuando aquel embriagador aroma envolvió sus sentidos fue su olfato quien la advirtió. Cuidado contigo, muchacha. Era irrefutable, siempre la cautivó una buena esencia. Nadie nos conoce más que nuestro tacto o nuestro propio olfato.

Lara comenzó a hablar mientras ella, atenta, escuchaba erguida en su asiento; las piernas juntas, como marcan los cánones, dejando entrever las rodillas vagamente por debajo de su falda. Las pupilas enfilando los ojos de su interlocutor, aunque haciendo un terrible esfuerzo por no bajar hasta su boca y detenerse en el encuentro. Debía tener cuidado con los movimientos para que el lenguaje de su cuerpo no la delatara. El puesto al que accedía era complejo, de gran responsabilidad y ella, era mujer. Un fallo, un único fallo, y se jugaba el empleo. El destino no había favorecido nunca a Paula, llevaba luchando toda su vida por alcanzar un puesto como el que tenía, al fin, en la punta de sus dedos. Un puesto que engendraba el estatus, la posición y el futuro que ansiaba para gozar con Fernando, su hijo, su única familia.

Pasó a realizar infinitas pruebas y cada vez que sus ojos se alzaban, sorprendía a Lera recorriendo su figura. Ella devolvía por un instante la mirada y, a veces, sonreía. ¿Está Vd. nerviosa? No. Vd. hace que no lo esté. ¿Quiere un caramelo? Sí, muchas gracias. Sacó un caramelo del bolsillo de su chaqueta y, tras desenvolverlo, lo alargó hasta ella atentamente ofreciéndole su contenido. Al tomar el dulce obsequio y alcanzar con su mirada aquellos desvergonzados ojos, pudo comprobar que no se había equivocado al juzgarlos. Ciertamente eran mucho más hermosos al tenerlos cerca, aunque así, a corta distancia, aquel halo de tristeza se sumaba y confundía con un atisbo placentero de persona de mundo que se apaga. Desinhibida sin saber por qué, osó a detenerse en su boca entreabierta por un instante. No sabría con qué quedarme, porque si sus ojos son bonitos, con su boca sería capaz de emborracharme.

Terminadas las pruebas... Muy bien, Paula, pasemos, pues, a la fase final. Él la miraba y, ante su mirada… sus manos temblaban. Sólo queda la prueba de fuego, conocer al Director General y que él mismo dé su conformidad para la contratación. Trate de concentrar toda su atención en las directrices que le marque y el puesto será suyo. Mientras hablaba, él observaba, milímetro a milímetro, la bonita figura de Paula, aun sesgada por el tablero de su mesa. A pesar del buen acondicionamiento del local, el bochorno producido por la situación, unido al calor intenso del momento, se hacía cada vez más insoportable, hasta el punto de hacer olvidar a Paula que bajo su elegante chaqueta grana se escondía un exuberante jersey negro, un tanto sexy para la ocasión. Pidió permiso y se deshizo de su cubierta sin el menor pudor, dejando lucir al aire su bronceado torso. Él, no dijo nada, pero, al contemplarla, su cara tomó un cariz de agrado.

Sonó el teléfono y Lera cruzó un par de palabras con el que aguardaba al otro lado del cable. Después de colgar, musitó acercándose confidencialmente. Es el Jefe, el Sr. Medina. Pasemos a su despacho, estoy seguro de que estará gratamente sorprendido con su presencia. Dio las gracias por el cumplido, haciendo un verdadero esfuerzo para que no se notara su ilusión y su alegría, y se dirigió hacia la puerta que señalaba Lera. A mitad de camino Paula advirtió que su chaqueta aún permanecía suspendida en el respaldo del asiento y sin el menor disimulo... Un momento, por favor, Sr. Lera. Permítame que me ponga la chaqueta antes de entrar. Por supuesto. No faltaría más.

Temblaba de satisfacción cada poro de su piel, pero consiguió que pasase inadvertido. Él hizo sonar la puerta con sus nudillos. ¿Se puede? Adelante. Pasen ustedes. Así que usted es la nueva candidata... A medida que avanzaban en la entrevista y en tan sólo unos minutos, la comunicación resultó fluida, un grato ambiente de cordialidad para el trío que, teóricamente, pasarían a ser la cabeza visible de la empresa. Sólo había una cosa que turbaba a la joven Paula, era la mirada a hurtadillas que su recién enamorado dirigía hacia sus sinuosas piernas, cuando el “gran jefe” no miraba. A pesar de darse cuenta, y por miedo a que el Sr. Medina se percatase de ello, puso punto y aparte a las miradas; así, cuando intuía que el punto de mira de Lera enfocaba de nuevo su objetivo, ella lo miraba fijamente a los ojos, y sonreía, con el único objeto de intimidarle y hacer que su delicada diana, se mantuviese incólume ante el apetecible dardo ocular que la enfilaba.

Finalizada la entrevista, el Sr. Medina pasó a informarla: Srta. Paula, en unos días se tendrá el resultado de la selección. Le deseo mucha suerte. Muy bien, Sr. Medina. Gracias por su atención. Estoy encantada de haberles conocido. Espero sus gratas noticias.

Satisfecha de sí misma se fue alejando erguida y lentamente. Cuando, apenas había abandonado el lugar, oyó al Sr. Medina que la llamaba. Volvió sobre sus pasos y asomándose al despacho... ¿Sí, Sr. Medina, me llamaba? Sí, efectivamente. Srta. Paula, una última pregunta. ¿ Estaría Vd. dispuesta a demostrar alguna otra cualidad o habilidad, hasta el momento oculta, al objeto de reforzar esta entrevista y, así mismo, influir en la difícil tarea de nuestra decisión final? Sabemos de su necesidad por conseguir este puesto, ya que su situación personal de madre soltera y por tanto, cabeza de familia monoparental, conlleva unos gastos insufribles e incapaces de sostener estando en su situación de paro como la que usted atraviesa; además, tanto el Sr. Lera como yo -interrumpió con una deshonesta sonrisa- somos personas de mundo, sanas y especialmente discretas. Si su respuesta fuera un sí, el puesto es suyo. Piénselo.

Por un momento quedó paralizada. Tragó saliva y contestó sin balbuceo alguno: ¡No tengo que pensar nada, por supuesto, señor Medina! Ambos sonrieron. Continuó caminando sintiéndose observada y unos pasos más adelante, añadió: ... ¡Ah, señor Medina! Olvidé decirles que mi hijo es adoptado y que mi nombre hasta hace unos años, era Manuel.

© Eva Velázquez Valverde

(Mención especial en Concurso de Relato Breve de IDEAL, con publicación en antología editada, 2003)

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